Perderse por las calles del pequeño casco viejo de Luanco es como recordar antiguas peripecias marineras
mar vocación y de sus frutos bandera; pero es también entrar en contacto con los devaneos veraniegos de cierta clase social que, sin atreverse a nave- gar entre las olas a veces encrespadas y hostiles del Cantábrico, han hecho de sus orillas meta de su descanso y, cómo no, de su ostentación. Por eso, para huir del agobio de veraneantes y turistas en busca de playa y ambiente playero, no acudo a Luanco durante los meses de junio a septiembre. Pero allá por el 14 de septiembre vuelvo casi todos los años a las fiestas del Cristo de Luanco, lejos ya de los rigo- res del verano y con el otoño anun- ciándose en la espuma de las olas.
Pero para mí Luanco encierra otros
dos atractivos, cómo no, unidos a ex- periencias literarias. Por una parte, Luanco, como no podía ser de otra forma, me trae el recuerdo de Palacio Valdés —inagotable en mis viven- cias— con aquella novela, La fe, con la que puso en solfa muchas de las convenciones religiosas de su época y que se desarrolla en el ambiente cerrado de Peñascosa, un trasunto de Luanco, que desde entonces le rinde el tributo de la memoria. Y cómo no, el Museo Marítimo de Asturias, recien- temente remodelado, en el que puede encontrarse desde artilugios usados en la pesca de todos los tiempos, a maquetas de barcos, fotografías, do-
cumentos…, todo ello rescatado de un pasado no tan lejano, con exquisi- to cuidado y puesto a disposición del visitante para que se sumerja de lleno en el sortilegio de las viejas historias y leyendas de los antiguos lobos de mar. Entre sus muros recuerda uno las narraciones de Joseph Conrad, la persecución del capitán Ahab a Moby Dick con su pierna arrebatada a la mandíbula de un cachalote golpeando la cubierta del ballenero o las singla- duras del Nautilus con que Julio Verne nos dio a conocer las profundidades del mar y la utopía del capitán Nemo.
FRANCISCO TRINIDAD
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