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Con los ojos brillantes y las pupi-


las dilatadas, Tomás miraba excitado los mariscos que esa noche susti- tuirían su habitual cena de sopa de estrellas. Su hija Irene, que le había llevado a casa para celebrar el fin de año, replicó a su queja sobre el menú de la residencia con una realidad: en la residencia os dan una dieta ade- cuada a vuestra salud; allí coméis lo que podéis comer; lo temerario es lo de hoy. Miedo me dan las consecuen- cias. Papá —siguió justificándose su hija— yo te sacaría con más frecuen- cia, pero cada vez que lo hago la en- fermera se queja de las malas noches que le das. Irene era una buena cocinera


como lo fue su madre, y lo fue su abuela. Tomás, que había vivido in- tensamente y que sabía disfrutar de los placeres de la vida, no entendería jamás ir a casa para comer sopa de pasta y beber agua. Su hija, que sabía cómo hacer feliz a su padre, tampoco. Los dos de acuerdo, estaban dispues- tos a despedir el año sin restriccio- nes. El menú, desafiando a la salud de unos y la crisis de todos, fue compar- tido con otros miembros de la familia y algún otro amigo y extraño. En el salón del bar sin clientes y con luz de neón, Irene juntó mesas para obtener una más amplia para seis comensales, extendió el mantel, colocó tres cirios navideños, un sinfín de sabrosos pla- tos y vino de reserva. Al lado preparó otra mesa para dos. Todo igual salvo el tamaño del tablero y el adorno: en la más pequeña solo un cirio encendi- do. Era una noche de una llama para cada dos. En esta segunda mesa se sentaron los dos únicos huéspedes del hotel: una pareja de forasteros, viajeros de paso y residentes por dos días. Tomás, que empezó la cena ha-


blando poco y comiendo mucho, ter- minó hablando mucho sin dejar de


comer y beber. Llevaba consigo un pastillero largo como un bolígrafo, con numerosas píldoras ordenadas. Tomaba en veinticuatro horas dieci- séis. El día que Irene le informó de lo que habría que pagar por las me- dicinas a raíz de las nuevas medidas adoptadas por el gobierno, él declaró su huelga personal y dijo con firme- za: Pes ya no las tomo más. Al día siguiente Irene le visitó de nuevo, temerosa de que se mantuviera en su decisión, y le mintió: Papá, lo que te dije ayer no es verdad, lo enten- dí mal, no vamos a tener que pagar por los medicamentos. Tomás depuso su huelga y continuó con su hígado nuevo desafiando a la vida. Ya en dos ocasiones se había encarado con la muerte. La primera de ellas, hubo que devolver el ataúd comprado por innecesario. Narraba Tomás, orgulloso de sus superpoderes, cómo los médi- cos en el hospital se iban llamando unos a otros para ser testigos de los valores que marcaba el glucómetro. La aguja se perdía en el dial —de- cía con orgullo— pero yo, como si nada. Tomás, el que devoraba la vida consumiendo hígados, cada vez más ufano con el vino y con sus triunfos sobre la muerte, quiso enseñar a los huéspedes la gran cicatriz que certi- ficaba el trasplante. Su hija lo detuvo a tiempo.


—Sí, papá, es muy grande, desde


el pecho hasta la ingle, pero no es necesario que te desnudes, se lo pue- den imaginar. Este hombre desafiaba a la me-


dicina y burlaba a la parca como su padre había burlado la vigilancia de la guardia civil. Con la colaboración de su mujer, la abuela de Irene, la familia sobrevivió y prosperó con el negocio del contrabando de aceite. Tomás creció en el monte, en una casa aislada del núcleo urbano. La postguerra fue su infancia. No tuvo más escuela que la de la vida. Todo lo aprendió de sus padres, de la natu- raleza y de la benemérita. Un día sí y otro también, la pareja de la guardia civil que tenía como principal enemi- go el hambre, iniciaba la ronda a la busca y captura de un plato caliente. El olor de los guisos de su madre To- masa, les conducía inequívocamente por el monte hasta su cocina. Ella les servía una sabrosa ración, y ellos, es- tómagos agradecidos con apariencia


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