el régimen, al ser disidente, lo separó de su familia, y lo se vio forzado a trabajar, hasta que sufrió un accidente que
un santón, por eso ahora pide limos- na solo para obtener algo de comida. Nunca pide para alcohol, pues no le gusta. El tabaco, lo obtiene de las co- lillas que recolecta. Y quizás, lo más curioso, pide para sus velas. Velas para iluminar sus noches en la chabo- la donde habita, debajo de un puen- te, a las afueras de la ciudad. Las velas también le sirven para
alumbrarse mientras escribe en las hojas en blanco de su diario, y sobre las que dibuja figuras geométricas co- loreadas, como jeroglíficos de alguna esotérica ciencia, que sirven de ilus- tración a los textos que cada noche escribe de forma casi terapéutica. Ru- dolph se mostró muy orgulloso cuan- do sentado con él en su chabola me dispuse a hacerle las fotos y donde fui amablemente invitado. Me mostró todo lo que allí tenía, como el me- jor de los anfitriones, manteniendo la estancia de forma digna y ordenada, para los medios de los que dispone.
En ella también almacena diver- sos objetos que ha ido encontrando, y que para él forman su mundo de fantasía, permitiéndole seguramente dar forma y crear su estética, influ- yendo de alguna manera sobre lo que
él considera ahora su hogar en el Sur. Me invitó a café, o como él dice, “café gitano”, que a mi me supo a gloria tomándolo a su lado, y departiendo sobre la vida durante un buen rato. Jamás una tertulia me produjo tan buenas sensaciones, como aquella. Tuve la impresión, durante todo el
tiempo, que él me estaba enseñando, y yo por supuesto me dejaba arrastrar por las historias de aquel profeta, que sobrevivió a tanto, y que por fin tra- taba de encontrar esa fase de equili- brio y de paz en nuestra ciudad, pues tras todo lo malo en su vida, llegaba siempre algo bueno, sobre todo si re- paramos en él, cuando pasemos a su lado, y con la generosidad que aún nos caracteriza a los del Sur, le permi- timos vivir como ha elegido, ayudán- dole con lo más básico, y sobre todo, permitiéndole iluminar sus noches con las velas, que para él son su vida.
JOSÉ PECCI 41
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