This page contains a Flash digital edition of a book.
ectura negra con olor a leña y richo de la erosión. Las fuentes con sus meandros delimitaban los rca. La tierra pobre, pero rica en doquier salpicada de cascadas.


ñas en el mejor colegio de monjas de la ciudad. Irene aprendió a no sorber la sopa y se hizo una experta en el arte de pelar la manzana con cuchillo y tenedor. Un ejercicio que practicó miles de veces al tratarse de un pos- tre habitual. Durante las vacaciones hacía demostraciones a sus padres de las habilidades adquiridas. De lo que nunca le hablaron en las clases teó- ricas, ni tuvo ninguna clase práctica, fue de la existencia de cubiertos para el marisco y su manejo. Como el menú de Nochevieja no incluía ni sopa, ni manzanas, fueron los dedos los que se aplicaron con gran maestría sobre los crustáceos, impregnándolos del sabor y el olor de las cigalas. Las elevadas facturas que Tomas pagó mensual- mente para la educación de sus hijas, no alcanzaron para más etiqueta, ni protocolo. La cena empezó con cada uno en


su mesa, y las mesas formando una ele partida. La conversación en co- mún obligaba a los comensales de es- paldas a girar la cabeza y adoptar in- cómodas posturas. Tan pronto termi- nó cada uno de pelar y despepitar sus


uvas, se formó un corro alrededor de la estufa y frente a la televisión, es- perando las doce campanadas. Mien- tras tanto Antoñito, el más pequeño de la reunión, peinaba al abuelo con los dedos intentando que luciera una cresta como la que él mismo lleva- ba. El abuelo se dejaba manosear y querer. La cresta se resistía. Irene: — Pero déjalo ya, no despeines al abue- lo. Y el abuelo: —Es igual, mañana me pongo el sombrero. Después de las doce campanadas


los apretones de manos, los besos y buenos deseos de felicidad, se senta- ron de nuevo en torno a la estufa. To- más recordó con añoranza la residen- cia y los cariños de sus jóvenes cuida- doras, cuyos mimos confundía con la


pasión desencadenada por el glamour de su costurón en el abdomen: dis- tintivo del macho que ha vencido a la muerte. Papá —le aclaraba Irene —, si Mariló te da esos besos y abra- zos, es porque tú fuiste un buen ami- go de su padre, y porque a su padre lo perdió. Pero ya no escuchaba las palabras de Irene. En su ensoñación sonaba un apasionado tango y envol- vía en sus brazos el cálido cuerpo de una muchacha. Con ese baile de fin de año en el salón de la residencia, los ojos brillantes y las pupilas dila- tadas, concluyó para Tomás su Fiesta de Nochevieja.


GLORIA SORIANO


Page 1  |  Page 2  |  Page 3  |  Page 4  |  Page 5  |  Page 6  |  Page 7  |  Page 8  |  Page 9  |  Page 10  |  Page 11  |  Page 12  |  Page 13  |  Page 14  |  Page 15  |  Page 16  |  Page 17  |  Page 18  |  Page 19  |  Page 20  |  Page 21  |  Page 22  |  Page 23  |  Page 24  |  Page 25  |  Page 26  |  Page 27  |  Page 28  |  Page 29  |  Page 30  |  Page 31  |  Page 32  |  Page 33  |  Page 34  |  Page 35  |  Page 36  |  Page 37  |  Page 38  |  Page 39  |  Page 40  |  Page 41  |  Page 42  |  Page 43  |  Page 44  |  Page 45  |  Page 46  |  Page 47  |  Page 48  |  Page 49  |  Page 50  |  Page 51  |  Page 52