y te quiero dar las gracias por ello.
Marga se levantó y le dio un sentido abra- zo. Llevaban bastante tiempo trabajando juntas y le había tomado cariño. Sabía que era una persona muy responsable -Bien, pues ahora a trabajar -dijo Marga-.Y con una sonrisa se despidieron ya fuera de la sala.
Nadia iba hoy a ver a Albert Fiestas, a la peluquería más importante que éste tenía en Madrid, más concretamente en la calle Velázquez, donde además tenía sus ofici- nas, pero antes pasaría por la cafetería Ma- llorca a comprarse una palmera de chocola- te. Eran su debilidad y las racionaba. Tenía la sensación de que los gramos de palmera se instalaban directamen- te en sus caderas, era como si tuvieran en su código genético una instrucción de dónde tenían que depositarse. Juanma la animaba a comerlas, decía que él
sabía que no iban a las caderas sino a las tetas y que a él le venía muy bien.
Se depositaran donde se depositaran, sólo las tomaba cuando se quería dar un home- naje o se quería felicitar por algo. Una bue- na costumbre que había adquirido, también a raíz de atender el proceso coaching. “Hay que celebrar los éxitos”, decía Jaime.
Cuando salía de la Cafetería Mallorca, y mientras se deleitaba con el manjar recién adquirido, vio en la acera de enfrente, entre
dos coches aparcados en doble fila, a quien era la mano derecha de Albert, un mexica- no bastante joven y bien parecido. Albert se lo había presentado en una de las pocas ocasiones que se habían visto en las ofici- nas. Habitualmente se veían de pie en la peluquería, en una salita privada que tenía al lado de una kitchenette, o bien se iban a desayunar a Embassy, a la calle Ayala, es- quina con Castellana. En aquella ocasión le dijeron que el jefe le esperaba en su despa- cho y cuando llegó, el mexicano salía del despacho. Albert puso cara contrariada y se vio obligado a presentarlos. No recordaba su nombre, pero si lo elegante, bien vestido y guapo que era, y que Albert lo presen- tó como el hombre más importante de su organización. El mexi- cano se limitó a sonreír aceptando el elogio y a darle la mano proto- colariamente diciendo, “encantado
señorita”.
Enfrente de Mallorca el mexicano cogió lo que parecía una bolsa de viaje de manos de un
tipo calvo vestido muy “casual”. Se mira- ron a la cara, intercambiaron unas palabras y sin darse la mano cada uno se introdujo en su coche. Cuando el mexicano cerraba la puerta de su deportivo vio a Nadia y por un momento sus miradas se cruzaron, aun- que sin saludarse.
“Bueno, qué casualidad”, pensó Nadia. Ella a lo suyo. Quería ver a Albert y proponerle la visita que le había prometido a Jaime
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