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los asientos que unos segundos an- tes ocupaban su madre y su abuela. Por un momento creyó que le habían colocado un doble espejo, un truco para simular que el deseo le había sido concedido. Notó que la abuela de veinte años, vestida con la misma bata azul, le clavaba los ojos como alfileres en el escote de la camiseta de tirantes, el piercing del ombligo y las alas de mariposa que asomaban bajo el short deshilachado. El horror de esa mirada le hizo entender que aquello era una realidad sin reflejos. Su fiel aliada frente a las críticas in- soportables de una madre que des- aprobaba la estética y moralidad de su atuendo, esa abuela que tanto dis- frutaba con la frescura y belleza de la nieta, ahora trataba de cubrirle el cuerpo con el mantel. El deseo de cumpleaños se había


cumplido. Las mujeres importan- tes de su vida ya tenían su edad. La abuela con paso de gigante había retrocedido en un soplo, todo lo que había avanzado durante cincuenta años a paso de hormiga. Y creció el abismo. Tal vez, reflexionó la joven, para


eliminar la brecha tendríamos que haber nacido todas el mismo día. Pero esa idea le producía gran des- amparo. Nunca se atrevió a formular dicho deseo.


Gloria Soriano Una cana inoportuna Hundió el peine en el pelo negro, largo y húmedo, desenredándolo poco a poco,


y se fijó en algunas canas que comenzaban a clarear en largas guedejas blanquísi- mas a modo de recordatorio del paso del tiempo. “Tendré que teñirme esta semana otra vez”, pensó con resignación, mientras dejaba el peine y comenzaba a secarse minuciosamente con la toalla. Cuando estaba a punto de coger el albornoz se fijó en otra cana, ésta en el pubis. De lo más inoportuna, pensó. Y aquello le pareció ya demasiado. No iba a verla nadie, se dijo, pero era un símbolo demasiado evidente. La contempló, entristecida, en el espejo y, en un arranque, a la vez de rabia y de soberbia, cogió la espuma, empapó morosamente la zona y, a continuación, fue pasando la maquinilla con todo cuidado, de arriba a abajo, sin prisas, hasta que que- dó perfectamente rasurada. Ni un pelo. Ni una cana. Se contempló en el espejo y se sintió rara, pero satisfecha. Era una especie de triunfo personal que tendría que explicar a su marido, quizás aquella misma noche. Aunque no le hizo falta. Cuando comenzaron a hacer el amor y él se dio cuenta, se dedicó a acariciar detenidamente la zona recién depilada, suspirando complacidamente, hasta que le dijo al oído: “Ay, cuquina, cómo te gustan los juegos”. Ella sonrió para sus adentros y disfrutó con las caricias y la simplicidad de su marido como no lo había hecho con la visión de la discordante cana.


F.T. Foto: Olga


24 - Luz y Tinta


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