Como en la época medieval
nuncian el hecho de que muchas de las refugiadas que cruzan la frontera hacia la vecina Tailandia, no lo ha- cen solamente por la necesidad de alimentar a sus familias, lo hacen por que huyen de los llamados batallones de violadores. Organizaciones birmanas en el
exilio denuncian que la Junta Militar ha desarrollado una política de “licen- cia para violar” para aterrorizar a las mujeres opositoras al régimen. Bajo este sistema las tropas de la Junta Militar torturan, matan o mantienen como rehenes a aquellas que consi- deran son las cabecillas de las aldeas. Resulta indignante e inconcebible
que sucedan estas cosas en el segun- do milenio de la humanidad, pero desgraciadamente viajando libremen- te por el país pueden verse niñas, mujeres incluso embarazadas que son utilizadas en labores forzadas por los
militares, ya sea como animales de carga o construyendo carreteras como las que hacían hace dos mil años los romanos. Médicos sin Fronteras no es la
primera vez que denuncia estas si- tuaciones y no solo que las mujeres sean forzadas a realizar estos traba- jos, sino que también son golpeadas, violadas y que en muchas ocasiones mueren como resultado de estos tra- tos o por las diferentes enfermedades producidas la depauperación de los lugares donde habitan y se ven forza- das a realizar estos trabajos. Pero me consta que al margen de
estas circunstancias donde se ve a estas niñas y mujeres trabajando de forma forzada, existe otra vida para- lela donde las mujeres llevan a cabo con el riesgo de sus vidas actos de resistencia, tratando de luchar contra estos abusos. Con la ayuda de organi-
zaciones humanitarias se han creado grupos de mujeres que mediante una especie de clínicas móviles llegan a las áreas más remotas del país, para ofrecerles cuidados y educación sani- taria y de nutrición y cuidan de los niños que se encuentran en situacio- nes extremas. Para muchas de estas heroínas,
lamentablemente, la única manera de sobrevivir es fugarse como refugiadas en los países vecinos como Tailandia, Bangladesh o China. Pero el camino no es fácil, desgra-
ciadamente muchas de estas jóvenes mujeres caen en las fauces de las ma- fias locales de estos países y termi- nan siendo explotadas como esclavas sexuales en Tailandia y China, pasan
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