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LUZ Y TINTA


cabe encontrar entre aquellos volú- menes, muchos de ellos milenarios. Pero Oviedo es mucho más. Es so-


bre todo el temblor de hollar calles y plazas que alguna vez recorrieron per- sonajes literarios que me han acom- pañado y me acompañan cada vez que vuelvo sus esquinas. Entre ellos, los de La Regenta, la obra inmortal de Clarín, cuya evocación literaria lo impregna todo; y sobre todo, los de Pérez de Ayala en su Tigre Juan y su inolvidable Belarmino y Apolonio. Ti- gre Juan me lleva directamente a El Fontán, esa plaza mágica en la que se ubica la Biblioteca de Asturias, con la que tengo contraída una deuda que solo cabe satisfacer desde la nostal- gia de tantas páginas leidas y foto- copiadas, de tantos documentos tra- segados, de tantas horas urgidas por la magia de libros y periódicos y fo- lletos consultados con el hormigueo de la curiosidad insaciable. Belarmi- no y Apolonio me lleva directamente a la calle Cimadevilla, donde estaba la zapatería de Belarmino, que tanto me recuerda a la del fotógrafo Eladio Begega, y desde ella a la catedral (de nuevo Clarín), pero a la que yo sue- lo ver con los ojos de Palacio Valdés: “Es la más esbelta, la más armónica, la más primorosa de cuantas existen en España. Oviedo alardea con razón de esta torre…”, dice el autor de El Maestrante, novela oscura y de pa- siones cruzadas que traza una visión sombría y turbia sobre la vida de una ciudad que ya conocemos desde La Regenta. Pero Oviedo es algo más que li-


bros, aunque dudo que pueda haber algo más gozoso y más estimulan- te. Oviedo es, además y sobre todo, la sensación de entrar en un mundo plagado de recuerdos, el encanto de ciertas tertulias con algunos amigos de pasiones comunes en bares y res- taurantes de antiguo sabor, las libre- rías, especialmente la de Valdés en El Campillín, los recuerdos de aquellos primeros amores universitarios cabal- gando la euforia de un mundo recién estrenado y la posibilidad de que el futuro se detenga, de que el verbo se haga libro y de que los rincones que


cada vez más frecuentemente recorro con nostalgia libresca tengan una posibilidad más allá del tiempo, en aquellos recodos del pasado en los que la realidad se hace futuro y el mundo se estanca con reflejos de un atardecer lluvioso.


FRANCISCO TRINIDAD 51


Escultura de Eduardo Úrculo en la


Plaza de Porlier. El edificio del fondo es el de la primitiva Universidad ove- tense, hoy edificio administrativo don- de se ubica el Rectorado, el Paranin- fo y la Biblioteca central, con


otras dependencias.


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