Escribir con la luz
La mujer birmana
En general los historiadores escri- ben solo la historia de los hombres. Por mucho que se proclame muy alto su ambición de reconstruir la totali- dad del pasado humano, en realidad se aprovecha la ambigüedad que en muchas lenguas confunde en un mis- mo vocablo los representantes del genero humano en general y los del sexo masculino en particular para con el pretexto de explicar la historia de los “hombres” limitarse siempre a los maridos, hermanos, hijos y padres. Hijas, mujeres, hermanas y madres quedan embarcadas silenciosamente como pasajeros clandestinos, exis- ten solo de modo secundario. Es más, cuando una mujer destacaba en los
anales de la humanidad, se sospecha- ba que traicionaba su feminidad. Jua- na de Arco fue enviada a la hoguera, en parte, porque se obstinó en vestir como un hombre. Pero, por mucho respeto que se
pueda tener por la historia tradicio- nal, conviene no admitir acrítica- mente sus criterios. Durante mucho tiempo, por ejemplo se consideró al pueblo como una masa confusa; tan solo los príncipes tenían derecho a ser protagonistas. Las gentes en ge- neral, eran solo instrumentos para sus éxitos, primero los esclavos, después se pasó de la esclavitud de las cade- nas a la esclavitud de los salarios, pero siempre fueron los trabajadores
anónimos con cuyo esfuerzo se llena- ban sus cofres y graneros, ganaban o perdían sus guerras, vivían y morían por ellos. Aceptación o rechazo, obe- diencia pasiva o rebelión sangrienta, tal era la respuesta sin matices del siervo a su dueño. En los antiguos relieves, al igual que en los frescos egipcios, impera la figura del rey; es una figura identificable que contrasta con los restos insignificantes, imper- sonales, de cuantos les rodean. Recuerdo como en mi juventud me impactó el primer poema de Bertolt Brecht que llegó a mis manos abrién- dome los ojos: Preguntas de un obrero ante un libro. Hay una pregunta para
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