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eternizó con su exquisita sensibilidad y depurada técnica, capaces de regis- trar el lado más duro de la existen- cia humana. Sus fotografías no son retratos convencionales, son difíciles de conseguir, porque el resultado es tan natural y profundo que pocos son capaces de alcanzar esa conexión tan perfecta con sus modelos. Son retra- tos que se alejan del concepto clá- sico de belleza física, son momentos que sintetizan la sequedad violenta y psíquica de la vida de sus persona- jes, seres que patean las calles sin nombre, rodando como piedras des- gastadas por el tiempo hacia espacios congelados como chasquidos de tinta negra. Son ellos quienes obtienen el papel de protagonistas existenciales, quienes aportan el mensaje directo con su profunda mirada perdida, en- tre los surcos de la piel arada por las carencias, y el grisáceo asfalto de las callejuelas y cloacas, almas que repo- san nómadas sobre la intemperie de los espacios sucios y abandonados, en busca de nuevos cobijos; son, en definitiva, almas sesgadas que erran perdidas por esa otra realidad que gri- ta supervivencia. Las imágenes de Jeffries producen


escalofríos, porque al mirarlas sientes la injusticia y la suciedad del mun-


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do dentro ti mismo, la pobreza y la tristeza, el abandono y la soledad, la enfermedad e incluso la demencia, elementos clave de la podredumbre que envuelve el sistema que el mis- mo ha creado por su incapacidad del equilibrio; son imágenes donde los modelos reflejan las roturas internas de sus vidas insalubres, documentos gráficos de personas olvidadas, que nunca tendrán su lugar en la historia ni jamás una reposición en la posición alta o media de la vida; son espíritus condenados, sin amor, sin IPods, sin portátiles, sin mp3, sin mariscos, ni apartamentos cristalinos en la quinta avenida de New York, ni tan siquiera de una vivienda social en alguna par- te de la ciudad. Son personas huma- nas, cuyas sensaciones se polarizan en lo más profundo de su desolación; personas que al mirar sus ojos ves que la vida les ha abandonado y te doble- gan las rodillas, cuarteando el alma como un cristal punzante que corta el hielo. Técnicamente Jeffries es insupe-


rable, de la sencillez del tema obtiene registros insólitos, que demarcan un detallismo in extremis, donde incluso la mínima imperfección y detalle se convierten en un mundo de expresión máxima de belleza inaudita. Jue-


ga con el blanco y negro al máximo porcentaje de contraste, con el fin de alcanzar la máxima dureza sobre el tema, llegando al límite de lo que es capaz de soportar la curva de niveles fotográficos. Sus imágenes son como una bomba que puede estallar en cualquier momento. Los personajes están muy hábilmente seleccionados y sus expresiones no son fruto de la pose intencionada, son instantáneas clavadas al momento porque los ac- tores no fingen, son auténticos dra- mas en sí mismos. Los planos, encua- dres, el frame, la perspectiva, todos las variables técnicas terminan por dar un toque maestro a la fuerza que transmiten esos retratos. El resto de elementos gráficos confieren un mar- cado psicologismo dramático que de- rriba todas las arquitecturas sensibles posibles, dejándote completamente tuerto en la esquina de los senti- mientos astillados. Los retratos de Lee Jeffreys son pues el testimonio vivo y directo de la fría realidad que todos intentamos eludir pero que un día puede atraparnos en el interior de su oscura panza.


CARLOS FLAQUÉ MONLLONCH


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