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A partir de aquí, dragones


tas de campana. Pasó a su lado sin tan siquiera percatarse de su presencia y enfiló el pasillo con aire desconcertado, mirando a los lados y con la cabeza baja. Ese era el numero 13. La puerta había quedado entreabierta y aunque llamó con los nudillos no recibió respuesta. Empujó la puerta y pudo observar un espacio reducido lleno de papeles, cajas descolocadas y un único cuadro donde se podía adivinar una lámina un tanto descolorida del Taj Mahal. El ambiente era irrespirable. Un olor a puro mezclado con efluvios rancios provenientes de papel mojado y sucie- dad. En ese momento escuchó el ruido de una cisterna de váter y se abrió una puerta lateral de la que salió un hombre de edad media bastante delgado que te- nía una tez oscura, un aspecto desaliña- do y una mirada un tanto desconfiada e interrogativa. -Can I help you? –dijo aquel personaje en un inglés casi perfecto. -¿El señor Parra? –preguntó Carlos. -Ah! ¿Habla español? -Sí soy Carlos Arnedo, vengo de parte de Fran Soto de Madrid. Me dijo que usted me estaría esperando. -Sí… Claro. Pase y siéntese. Perdón por el desorden pero estoy buscando una se- cretaria y aún no he encontrado ninguna de fiar. Aquí tratamos asuntos muy con- fidenciales y lo que menos necesito es una chismosa.


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-Ya. Lo comprendo. Parra apartó un montón de expedientes de una silla y se la arrimó al tiempo que él acercaba otra a la mesa. -¿Qué es lo que quería? El señor Soto sólo me dijo que lo recibiera pero no me dio más datos –su mirada era escrutado- ra.


-Fran me dijo que usted conseguía prés- tamos de dinero sin demasiada burocra- cia.


-Bien. Así es, pero ya le adelanto que tienen un interés por encima del mer- cado. -Lo comprendo. ¿De qué interés habla- mos? –preguntó Carlos un tanto más re- lajado, una vez comprobó que estaba en el sitio adecuado. -Depende de la cantidad y del tiempo para su devolución. ¿Cuánto necesita? -Creo que será suficiente con 250.000 euros. -¡Guau! Mano,eso es mucha plata -Parra soltó un silbido y apartó su cuerpo hacia atrás. Sin pedir permiso sacó un Monte- cristo numero 3 de un bolsillo interior. Un puro no muy gordo y entrelargo que Carlos calculó que le duraría al menos media hora. Parsimoniosamente abrió un cajón y sacó un cortapuros, capó su embocadura y comenzó a encenderlo con un mechero tipo BIC rojo. Aunque aquel personaje era sudameri- cano, Carlos no era capaz de adivinar su procedencia por el acento.


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