Un mundo,
dos realidades S
antiago Atitlán es un municipio con gran impacto turístico en Guatemala. Un lugar pa- radisíaco donde varios volcanes -entre ellos, el que da nombre al propio municipio- se unen frente a un inmenso lago que cautiva la vista y despierta los sentidos. A poca dis-
tancia de este ‘paraíso’ frecuentado por turistas y veraneantes provenientes de todas partes del mundo, se encuentra el ‘albergue’. No se trata, precisamente, de un lugar de descanso para el visitante, sino que se halla en el extremo opuesto. Hablamos de un campo de desplazados de la tormenta ‘Stan’, la que en 2005 sepultó bajo toneladas de lodo los pocos sueños e ilusio- nes de casi 300 familias ya de por sí humildes y pobres. Aquí, los habitantes de la comunidad de Panabaj que sobrevivieron al deslave causado por la tormenta se hacinan en casetas de plástico y chapa desde hace cinco años. Un lustro viviendo en condiciones infrahumanas.
Viven con miedo en el cuerpo, con gran temor de que otro deslave acabe sumergiendo sus precarias moradas entre toneladas de piedra y lodo, tal como sucedió hace cinco años. Y es que la actual ubicación se encuentra muy cerca de la anterior, en una zona de alto riesgo que, como decimos, está rodeada de volcanes.
Un mundo, dos realidades. Uno de turismo y disfrute y otro de lucha constante por la supervi- vencia. Un mal endémico en muchos lugares del planeta.
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