T
rabajar para empresas importantes obliga a viajar constantemente. Muchas de las organizaciones con las que tengo el placer de colaborar tienen sedes reparti- das a lo largo y ancho de la geografía na- cional y, con frecuencia, internacional, así que estoy acostumbrado a pasar muchas de mis horas profesionales en aeropuer- tos, trenes, taxis y aviones. Y confieso que últimamente me siento muy agredido por las enormes molestias y el trato desconsi- derado que experimento como usuario de este tipo de servicios. Me explicaré.
Hace unos años, concretamente en agosto de 2010, tuve la oportunidad de viajar a Argentina y Chile con ocasión de la boda de Jeanine, la hija de mis mento- res y maestros Jorge Kenigstein y Gracia Maioli, con su prometido Javier. Si bien tuve que cambiar mi adorado y caluroso verano madrileño por el invierno austral que en ese mes azota el Cono Sur, fue un viaje gratificante que recuerdo con cariño, especialmente por la calidez de los luga- reños y la enorme hospitalidad con que mi pareja y yo fuimos tratados en ambos países.
Después de pasar varios días en Buenos Aires, tomamos un avión para dirigirnos a Santiago de Chile, ciudad de residencia de los novios y, por ende, en la que habría de celebrarse el enlace.
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