las ruinas de antiguas ciudades o civilizaciones se encuentran frecuentemente enterradas, porque el terreno que pisaron nuestros ante- pasados estaba por lo general varias capas por debajo del que pisamos nosotros.
De vez en cuando, ya sea por un desprendi- miento o por la peculiar orografía de una zona en concreto, quedan al descubierto esas ca- pas. Los científicos entrenados son capaces de leerlas como si se tratase de las páginas de un libro; cuanto más arriba está una capa, más moderno es el periodo en el que se creó, y viceversa.
Pues lo cierto es que los Álvarez se encontra- ron con que, en el momento exacto en que se produjo esa extinción, separando los estratos correspondientes a los períodos Cretácico y Terciario, existe de forma global una pequeña capa de iridio, que es un material muy poco habitual en la Tierra pero muy frecuente en los meteoritos. Ello les llevó a deducir que un objeto ajeno a nuestro planeta impactó de for-
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ma brutal contra él, llenando la atmósfera con sus restos, los cuales, una vez causado todo el mal del que eran capaces, se sedimentaron en el suelo pasando a formar parte de nuestra historia geológica.
Siendo llamativo, este descubrimiento dio paso a otro aún más intrigante. Y es que esa capa de iridio -que es lo que los angloparlantes suelen llamar “the smoking gun” (el arma humeante), es decir, la prueba definitiva del crimen-, se repite a intervalos periódicos separados por decenas de millones de años, y causando en cada ocasión una extinción masiva de formas de vida en nuestro planeta.
Hoy día, la teoría del meteorito asesino es aceptada como la más plausible para provo- car una masacre de semejantes dimensiones. Pero ¿qué fenómeno podría hacer que ca- yeran meteoritos sobre nuestro planeta con una regularidad propia de un reloj suizo? ¿Y qué magnitud debería tener ese fenómeno para intervenir sobre nuestro destino a escala
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