Niños de la escuela de Keur Cheikh, en el departamento de Mbour
ta como nosotros en los años sesenta preparábamos la de la inspectora. El centro estaba dividido en dos aulas anexas: la de escolares con cuader- nos y bolígrafos; y la destinada a los de pizarra y pizarrín. Los niños llegaban desde los poblados de los alrededores sin distinguir entre re- ligiones. Allí se juntaban animistas, cristianos y musulmanes de diferen- tes cofradías. Casi todos uniformados con una camisa que llevaba impreso en la espalda: “Ecole de l’Avenir”. Una enorme pizarra cubría toda la pared. Era lo más parecido a un gran libro abierto donde estaban escritas las lecciones de geografía, matemáticas y lengua. Nos repartimos entre las mesas. Todos nos ofrecían un asiento en su pupitre. Yo me senté en una de las últimas filas casi arrastrada por los niños que vinieron a resca- tarme cuando estaba casi a punto de sentarme en una de las primeras.
Me mostraron con orgullo sus cua- dernos, sus trabajos . Escribieron en columna sus nombres en mi libreta: Ngou Ngome, con letra pequeña , pi- cuda e insegura, pero legible; Pascal, de letra redondilla , grande y firme; Diakel Awa Faye, que empezó a es- cribir su largo nombre sin respetar el margen ; Sara… Sonrieron mirando a la cámara, y jugaron a meter sus cabezas en los encuadres que no les buscaban. También posaron con seriedad, como si de algo transcen- dental se tratara, y hubo miradas que me atraparon especialmente, como la de Fatou. El maestro, un joven alto de rostro bondadoso, nos habló de la escuela y sus dificultades y agra- deció nuestra visita. El guía hizo de traductor. En la parte libre de la piza- rra, el maestro anotó la dirección del centro: un buzón abierto a cualquier ayuda. Después nos invitó a salir al encerado. Dejamos nuestros pupitres,
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y de pie, frente a los niños, nos emo- cionamos escuchando su canción. Entonces el maestro dijo: es vuestro turno, cantad algo para ellos, eso les gusta. Hubo un momento de siseos y desconcierto: qué cantamos, como tenga que cantar yo se va a adelantar la estación de las lluvias… De pron- to alguien se arrancó con el “porom- pompero”, dio un paso al frente y se puso a bailar. Los niños palmeaban y se movían en sus sitios. Los más inquietos salieron a la palestra. Fue una fiesta breve, pero una gran fies- ta. Después de que el trigo eligiera a la amapola y yo a la Dolores, —eso dice la canción— la fiesta terminó como empezó, entonando (o desen- tonando) el “porompompo”. Unas fo- tos de grupo en el exterior y visita concluida. Yo me traje este recuerdo, unas imágenes y una dirección para compartir en LUZ Y TINTA.
1Gloria Soriano
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