Rebaño de cebus en un poblado de Thies
me recordaban los saludos que en mi infancia enviábamos a los avio- nes que cruzaban el cielo. Un saludo a lo más alto. Una manifestación de la alegría ante la visión de lo mágico. Una ofrenda de amistad de quien ad- mira a lo admirado, con la inocencia de quien poco sabe de distancias y diferencias.
Avanzábamos tratando de mante- ner a distancia la estela de polvo del
Pistas polvorientas entre Mbour y Siné Saloum
coche del grupo que nos precedía. A lo largo del trayecto se repetían es- cenas de mujeres con porte elegan- te, transportando pesadas cargas de leña sobre sus cabezas, o inclinadas con dignidad junto al pozo, ante un barreño, lavando ropa; niñas por- tando a sus hermanos menores a la espalda; cabras sueltas; rebaños de vacas; niños con camisetas de gran-
des tallas y mayores rotos; tendales de camisetas desechadas por turistas; niños descalzos con tierra en las ore- jas y el pelo crespo y pardo; niños ne- gros de ojos blancos y mirada limpia. Llegamos a la escuela con un cargamento de material escolar que nuestro guía adquirió en tiendas de Mbour con aportaciones del grupo. Esperaban nuestra llegada. Tal vez se habrían preparado para nuestra visi-
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