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ASÍ ES MI TIERRA. ASÍ ES MI GENTE


El Alimañero Antes, las cosas eran diferentes.


Yo, era un Dios. Se me quería, se me respetaba. Yo intervenía en la natu- raleza. Ella y yo, éramos una misma cosa. La vida de los que nos dedicába- mos a cazar alimañas, era muy dura. Salías de noche de casa, no importa- ba el tiempo que hiciera. Atravesabas terrenos difíciles, incluso peligrosos, a la caza de la pieza que se resistía a dejarse ver. Pero yo sabía perfecta- mente ir tras ella, y era tenaz lo que fuera necesario.


Aquella mañana de otoño, subí temprano al monte Contorgan.


El


lago Ubales mostraba su serena be- lleza, solo interrumpida por la brisa que movía con diminutas espirales, las tranquilas aguas del pequeño


lago. A lo lejos, saltó nervioso un re- beco. Lo deje ir. No era mi pieza. Traspasada la collada, se exten- día ante mí, una sucesión de paisa- jes, donde los árboles y praderías, parecían no tener fin. Justo debajo del Torres, las cabañas de la majada de los Moyones, señalaban que allí, en algún momento hubo vida. Aho- ra, con el otoño avanzado y la nieve dando señales de su presencia, los últimos pastores habían bajado con el ganado a los pueblos cercanos. Solo el cazador y el paisaje habitaban aquellos parajes, aunque en los más escondidos rincones, muchos ojos de todos los tamaños, estaban posando su mirada sobre él. Después de observar el sentido de la suave brisa que movía perezosa el


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humo del tosco cigarrillo que transi- taba por mis labios, hasta acabar re- torcido, pisado por las botas de goma entre la hierba.


Avancé despacio, ahora todo te- nía que ser sigiloso, sin ruidos. Poco a poco fui trasponiendo un pequeño cerro, acercándome a una montaña rocosa en cuya ladera corría un hu- milde riachuelo de saltarinas aguas. Pise con cuidado y lo traspuse. Una gran haya con una cohorte de ace- bos, formaba un espacio singular. En el medio, un pequeño prado parecía ofrecer la jugosa otoñada a todos los animales que quisieran disfrutarla. Era realmente un sitio precioso. Buen lugar, para cuando te llegue


la hora, reposar eternamente, pensé. Pero yo había ido allí a algo, y mi atención tenía que ser solamente esa. En una oquedad de la roca, la hierba estaba pisada, había incluso restos de algún hueso. Era claramente la gua-


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