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que una vez finalizada su obra sólo pueden disfru- tar de la contemplación de la misma, la música se “hace” cada vez que se interpreta. Permite, tanto al artista como al oyente, sintonizar una y mil veces con la emo- ción que esté experimen- tando en ese momento. Otras artes también lo permiten, como recitar una poesía o declamar una obra de teatro, pero ninguna da de modo tan directo en la diana de la sensibilidad. Por eso to- dos llevamos música en el coche, por eso todos tenemos una canción favorita y por eso el mis- mo tema que ayer nos llevó a reír a carcajadas mientras nos enamorá- bamos, puede que hoy nos haga llorar inconso- lablemente.


Esa noche aprendí más que en los años anterio- res y en los posteriores de Conservatorio. Nada de lo que me dijo ningún profesor, ninguna pieza de las que memoricé mediante estudio y repe- tición, me hizo jamás de- leitarme con la música. No recuerdo haberme emocionado ni una sola vez en un aula, ni nada de lo que sucedió enton- ces despertó o alimentó mi vocación musical, sino todo lo contrario.


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