-bueno, de ese señor- fue que “eso” no era mú- sica. ¡Vaya! Pues se car- gó el tío de un plumazo todo el blues, el jazz, el soul y la mayor parte de la música ligera del siglo XX. ¡Con un par!
Bueno, pues continuan- do donde iba, yo no era una excepción. Pese a que tuve grandes maes- tros -profesores Fajardo, Sequero, Zamorano, Pil- daín, Sáez de Oíza, etc.- que me facilitaron la tarea, la mayor parte del tiempo el estudio era te- dioso y repetitivo. Desde los estudios Burgmüller a las fugas de Bach, de las quintas aumentadas a la clave de Do en cuarta, todo era insulso, pesadí- simo, ingrato. Y, encima, cuando me juntaba con algunos amigos que to- caban de oído, era inca- paz de sumarme a ellos. Me sabía de memoria la pieza obligada de ese curso y de hecho se me daba bien, pero cuando alguno decía algo así como: “Venga, vamos a tocar una bossa nova en Fa”, yo decía: “¿Una qué? ¿En qué?” Y ellos se reían.
En otras palabras, yo no estaba aprendiendo mú- sica. Estaba aprendien- do a ser un mono apre- tador de teclas en una
secuencia ordenada. A eso se reducían todos mis esfuerzos -y los de mis padres- al tratar de dar- me una carrera musical. A repetir, del modo más
servatorio. Mi auténtico aprendizaje musical tuvo lugar en mis tripas, no me vino del estudio ni de la repetición. ¿Sabéis por qué se produjo, y cuán-
exacto posible, lo que ponía en un papel, sin tener ni idea de por qué ni para qué lo había es- crito el compositor. ¿Por qué un tema se escribe en una tonalidad y no en otra? ¿Por qué esta pieza está hecha para flauta y no para clarine- te? ¿Por qué Schubert se empeñaba en resolver sus composiciones de un modo concreto, que tantas veces recuerda a Beethoven, cuando el segundo odiaba y despreciaba al prime- ro? ¿Por qué las prime- ras obras de Schumann como compositor son tan mediocres y, desde un momento en concre- to, se vuelven geniales y poderosas?
Nunca lo aprendí, al menos dentro del Con-
do? Pues en un momen- to muy concreto de mi vida.
Sucedió más o menos en la época que os estaba relatando, estaría cur- sando primero o segun- do de piano. A pesar de ser muy jovencito aún, me gustaba mucho acompañar a mi padre a sus tertulias literarias, que tenían lugar cada sábado por la noche. Mi afán por juntarme con un grupo de cincuento- nes y sesentones en el VIPS de Velázquez, que era el punto habitual de encuentro, era una mez- cla de sensible admi- ración hacia su talento junto con la emoción de trasnochar sin conse- cuencias, porque poder llegar a las tres de la mañana a casa era algo
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