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e insultantemente bron- ceada, y también que yo, ruborizado, me erguí para parecer más alto mientras el camarero nos acompañaba a nuestra mesa.


Pero lo que se llevó toda mi atención fue el espec- tacular piano de cola negro que presidía la sala, y que amenizaba muy sutilmente las con- versaciones y las copas. Era la primera vez que entraba en un piano bar, de hecho ni siquiera sabía que existían este tipo de locales; y pocas veces había escuchado tocar en directo a un pianista, más allá de mis profesores y compañeros durante las clases.


Y, de repente, ocurrió. ¡¡Aquello fue magia!! Sú- bitamente, en un instan- te, comprendí, interioricé el concepto de Música, con “M” mayúscula, en aquel lugar tan insos- pechado unos minutos atrás. Sí, es cierto que había escuchado ya mu- chos discos, depurado en parte mis gustos musi- cales, e incluso acudido a algunos conciertos ligeros. Pero lo que esta- ba viviendo era distinto. No era una orquesta sinfónica de cien músicos avasallando con Wag- ner, ni una grabación de


Mozart que, a fuerza de manida, había perdido ya parte de su gracia. Delante de mí, con una técnica impecable –que aún hoy sigo recordando elegante y completa-, había un señor que es- taba ahí para compla- cerme, tocando temas populares, haciendo cosas tan diferentes a lo que yo practicaba día a día que me parecían insuperables. Cosas que hoy llamo progresiones jazzísticas, señor profesor del Conservatorio, y que sí son música, ¡vaya si lo son! Y el encanto del pia- no abierto, de las notas como fondo, tan cerca- nas, tan accesibles, tan sensuales… Por primera vez desde que comencé a estudiarla veía la músi- ca como un placer, y no como un castigo.


Mi padre, muy atento a mis reacciones, se dio cuenta de lo que pa- saba por mi corazón, más que por mi cabeza. Con suavidad y cariño me invitó a levantarme y acompañarle, yo no sabía a dónde pero pronto lo entendí. Pese a mi terror escénico y ver- güenza adolescente, me llevó al lado del pianista, esperó amablemente a que terminase la pieza que estaba interpretan- do y, a continuación, me


presentó. En aquel mo- mento me pareció una auténtica osadía, me puse colorado como un tomate y, para más des- gracia, la impresionante actriz, que estaba en- cantada con la escena, me miraba esbozando una sonrisa cómplice.


El pianista, D. Luis de Acevedo, era un caba- llero de los pies a la ca- beza. Ante la divertida presentación que hizo mi padre, él, muy formal, se levantó y me ofreció la mano. Me preguntó qué es lo que quería escuchar, y nuevamen- te mi padre se anticipó, pidiéndole que interpre- tara el archiconocido tema Blue Moon, de Cole Porter. Aunque a día de hoy posiblemen- te sea la canción que más veces he tocado en mi vida, porque se suele utilizar en muchos piano bares para avisar del cambio de un pia- nista a otro, en ese mo- mento sólo era capaz de frasear torpemente la melodía con la mano derecha y poner a duras penas algunos acordes con la izquierda.


D. Luis respondió con un contundente “por supuesto”, y sin más se puso a tocar Blue Moon, mientras mi padre regre-


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