“Conmoviendo la sensi- bilidad...” ¡Qué hermosa expresión! Parece casi de otros tiempos, ¿ver- dad? Me hace pensar en cosas que pasan desapercibidas, que casi hay que detenerse para tomar consciencia de ellas, pero que están ahí, y son tan inherentes al ser humano que ya las hemos integrado en nuestra forma de vivir y de existir. Me explicaré.
Hace muchos años, trein- ta y tres para ser exactos, yo era un adolescente de catorce años, uno de ésos a los que sus padres apuntaron al Conser- vatorio de Música para ver si el niño aprendía a tocar el piano. Mi pa- dre suele confesar en público que una de sus mayores frustraciones en la vida es la de que sus padres no le facilitaron aprender música, así que él se esforzó por darnos carrera musical a todos los hermanos; quizás a veces con demasiada in- sistencia -con trece años no es agradable pasarte las tardes haciendo es- calas cuando todos tus amigos están jugando en la calle o montando en bici por ahí-, pero siempre desde el más profundo amor por noso- tros.
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Supongo que ya cono- céis ese viejo chiste que dice que una rebequita es una prenda que la mamá le pone al niño cuando ella tiene frío; creo que mi padre sentía que si mis hermanos o yo aprendíamos a manejar- nos con algún instrumen- to, de algún modo signi- ficaría para él paliar un poco su propia frustra- ción. Por cierto, hoy se lo agradezco mucho, por- que de no haber insistido tanto -y a veces regaña- do con dureza cuando hacía novillos-, hoy no disfrutaría cada día de la más maravillosa de las aficiones. Además, des- de que me convertí en padre, entiendo perfec- tamente lo de intentar que nuestros hijos sean mejores que nosotros.
Si alguno de vosotros ha pasado por el Conser- vatorio, ya sabe lo que
es la formación musical reglada, al menos en España: una asesina de vocaciones. No sé cómo estarán las cosas ahora, pero en mis tiempos solo terminaba la carrera mu- sical un 5% de los que se matriculaban en prime- ro de solfeo. ¡Un 5%! No dejo de asombrarme.
Me pregunto si algún genio de los que diseña- ron los planes dormiría tranquilo pensando que con su sistema esparta- no había robado a más de nueve de cada diez personas la posibilidad de disfrutar tocando una pieza musical. Valga como anécdota que, en una ocasión, le pregun- té a un profesor qué era una escala pentatónica menor, porque un ami- go mío que tocaba muy bien la guitarra me ha- bía hablado de ella. La respuesta del profesor
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