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La música es “el arte de combinar los sonidos de la voz humana o de los instrumentos, o de


unos y otros a la vez, de suerte que


produzcan deleite, conmoviendo la


sensibilidad, ya sea alegre, ya tristemente.


saba con sus amigos a tertuliar.


Es difícil explicar la frus- tración que sentí. Me pareció que todas las horas de ensayo, todas las privaciones y el sacri- ficio que el estudio de la música me habían costa- do hasta ese momento, todas las lecciones de solfeo y clases a las que había asistido, habían sido inútiles. Con la corta perspectiva de mis po- cos años, no era capaz de ver los escalones que ya había subido; única- mente era consciente, por primera vez en mi vida, de los que me fal- taba por subir. Sólo supe que no sabía nada. Las manos de D. Luis –


señor profesor del Con- servatorio, aprovecho para decirle que él sí era un músico, y usted no- volaban sobre las teclas. La dulzura de la melodía se veía constan- temente subrayada por las complejas armonías que empleaba. Como cualquier buen pianista de bar sabe, si quieres agradar a tu público no puedes ceñirte literal- mente a lo que pone en la partitura; hay un enor- me abanico de recursos estilísticos que debes usar para embellecer, que no emplastar, el tema que estés tocando. Y él los usaba todos. Un arpegio ascendente por aquí, una escala cromá- tica por allá, cambios de ritmo por acullá. Era un despliegue de técnica y de gusto tan espectacu- lar, tan abrumador para mi entender, que física- mente me superó.


Y entonces comprendí que la música, es, como comencé el artículo, “el arte de combinar los so- nidos de la voz humana o de los instrumentos, o de unos y otros a la vez, de suerte que produzcan deleite, conmoviendo la sensibilidad, ya sea ale- gre, ya tristemente”. O las dos cosas a la vez, aña- diría yo.


El pianista se dio cuen- ta, al ver mi lágrima de impotencia, de que qui- zás debería haber sido más austero, de que el baño de humildad po- siblemente fue excesivo para mi hipersensibilidad adolescente. Terminó el tema y, con suavidad, me pidió que me acer- case hasta su banqueta. Nunca olvidaré su segun- da lección –la primera fue la musical-. Tenía que ver con los años de oficio, también con un truco de pianista que gentilmente compartió conmigo -en ese mo- mento a mí me pareció que me entregaba la Piedra Filosofal-. Pero, sobre todo, tenía que ver con sentir, con notar la música dentro de mi cuerpo, con olvidarme de la técnica y dejarme llevar por las emociones.


¿Alguna vez te has pre- guntado de dónde viene la palabra “música”? Pues significa literalmen- te “el arte de las Musas”, aquellas divinidades que inspiraban y presidían las diferentes manifesta- ciones artísticas. O sea, que de todas las artes, la principal, la que lleva or- gullosamente su nombre, es la música. ¿Y sabes por qué? Porque a dife- rencia de un pintor, un escultor o un arquitecto,


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