muy transgresor para al- guien de mi edad... aun- que fuera en compañía de –y vigilado por- mi propio padre.
Una noche no pudimos celebrar la tertulia en el VIPS, porque lo estaban reformando. Cuando se juntó todo el grupo en la puerta del local, toma- ron la decisión de trasla- darnos a un sitio -enton- ces espectacular, hoy cerrado, ¡qué lástima!- llamado Mayte Commo- dore. Estaba situado en la madrileña Plaza de la República Argentina, y era famoso porque en él se celebraba anual-
mente la entrega de unos cotizados premios homónimos, con que se reconocía la labor de diferentes personajes populares, desde toreros hasta tonadilleras pasan- do por literatos y actores. Lejos estaba de imagi- narme cómo iba a cam- biarme la vida aquella noche.
La cafetería de Mayte Commodore era una sala espléndida, con unas cristaleras muy amplias que permitían unas vistas preciosas de la fuente de los defines -que es como solemos referirnos los madrileños
a la Plaza de la Repúbli- ca Argentina-. La sala tipo “lounge”, muy ilumi- nada y elegante, estaba llena de grupos de ami- gos que charlaban ani- madamente en un tono de voz moderado, sin molestarse unos a otros. Nuestra entrada, y la mía en particular, provocó algunas miradas entre indiscretas y divertidas, ya que no era habitual ver en ese entorno y a esas horas a alguien tan joven. Recuerdo en concreto la tierna mirada que me dirigió una actriz muy conoci- da en aquella época, Sara Mora, guapísima
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