LA LECTURA
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Algo inexplicable pasó y se juntaron los astros para que los Colombianos comenzáramos a soñar otra vez
Foto: Sportgraphic |
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proclamaba, desde Tel Aviv, que Colombia estaba en el mundial. Pero consideré normal todas esas de- mostraciones de emoción. Asumí que en Uruguay, Brasil y España también izaban banderas, sonaban el himno, festejaban en las calles, prendían pólvora y había muertos ante la clasificación a un mundial.
Casi veinte años me demoré en entender que lo que viví durante esa década fue anormal. Pues con Italia 90 y “Ciao” (la mascota que parecía hecha de legos) cómo punto de partida de mi memoria futbolística, me mal acostumbré a la presencia de mi selección en las páginas del álbum del mundial.
Y, bueno, de Italia sobrevive el 1-1 frente a Alemania, de Estados Unidos 94 no puedo hablar por reco- mendación de mi psicoanalista y de Francia 98 sólo rescato el recuerdo grato de un Ricky Martin que aún gozaba del beneficio de la duda. Pero fueron los tres mundiales siguientes con los que aprendí a seguir y apreciar el fútbol del mundo sin la distracción de la emocionalidad.
Y así llegamos a la encrucijada presente. De seis mundiales que ha vivido mi generación, tenemos tres a favor y tres en contra. A tres hemos ido y a tres no. Y, durante los últimos doce años nos ha tocado ver el lado oscuro de la luna. El título de seleccionador nacional ha sido rifado descaradamente entre una serie de técnicos con resultados mediocres y fluc- tuantes entre el torneo local o amigos de la rosca de
los dirigentes. Diez “procesos” se iniciaron entre el 98 y el 2010, algunos durando tan solo dos sema- nas. En ninguno hubo una alineación base que repi- tiera entre un encuentro y otro, y por eso, un sinnúmero de entrenadores, asistentes, preparado- res y jugadores pasaron por las líneas de la Selección Colombia sin generar el más mínimo resultado ni mucho menos mostrar un plan de desarrollo por parte de los dirigentes de la federación.
Pero en un abrir y cerrar de ojos pasamos de Gio- vanni Hernández a James Rodríguez, de Rodallega a Falcao, del Bolillo (y Leonel) a Pekerman y de Lotto a Adidas. Admito que no tengo la más mínima idea de cómo llegamos a este punto de inflexión. Algo inexplicable pasó y se juntaron los astros para que los Colombianos comenzáramos a soñar otra vez. a vivir la realidad de una selección digna de esta hin- chada y este país en donde “el fútbol se baila”.
El “golpe” más determinante lo dio el Bolillo Gómez en Agosto del 2011. Se necesitó de una mujer, tor- nada en héroe nacional, para que saliera ese sinver- güenza y sus sudaderas, roscas y malas técnicas del banco de la selección, porque ni siquiera tras la pau- pérrima presentación de la Copa América en Argen- tina nos íbamos a librar de él. Y con esa salida llegó finalmente un técnico capaz de direccionar esta ge- neración esporádica que surgió, y labrar el terreno para que lo que vivimos hoy no sea un fenómeno sin continuación.
José Nestor Pekerman es un formador nato. Tan solo la mención de su nombre infunde respeto y con- lleva el mérito de la prudencia que no dice, sino que hace. Que no promete, sino que logra. Pero más allá de sus palmares, su experiencia notable y su cono- cimiento técnico, su sola presencia inspira la serie- dad que carece la historia de nuestros pasados seleccionadores. Por fin está al mando de la tricolor,
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