útil en la intimidad, pero contraproducente en lo profesional y muchas ve- ces en lo relacional? ¿No es esquizofrénico pensar que una parte de mí es buena, sana y cons- tructiva con mis padres, pareja o hijos, pero no debo mostrarla con mis colaboradores, jefes o clientes porque me hace vulnerable?
La tercera pata es lo emocional. La palabra emoción es habitual- mente confundida con otros términos, como sentimiento o estado de ánimo, pero no significan lo mismo. Por ejemplo, aunque el sentimiento de una persona por su pareja sea “amor” (algo profundo, consciente, estable, macerado a lo largo de años de convi- vencia y complicidad), ello no sería incompa- tible con sufrir en un momento determinado una emocionalidad de “celos” (visceral, súbita, breve, instintiva); y tam- bién esa persona podría decidir no hacer caso a dicha emocionalidad simplemente recordan- do los lazos de confianza que le unen con su pare- ja, es decir, elegiría su es- tado de ánimo. Aunque parezca lioso y todos estos conceptos tengan
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muchas zonas comunes, no son iguales.
Me gusta quedarme con la definición etimológica de emoción: e-motĭo, que en latín significa literalmente “lo que me mueve”; es decir, lo que me lleva hacia algo. Pues lo curioso es que esta tercera pata, que tiene una importancia capital en las acciones y resultados, no sólo está descuidada sino social- mente inhibida. Está mal vista, no parece útil, y usualmente nos senti- mos incómodos con ella, especialmente cuando nos desenvolvemos en el área profesional.
Si quieres comprobarlo, haz un reconocimiento positivo a algún compa- ñero de trabajo cuando no se lo espere –bastará un simple “me encanta cómo haces tal o cual cosa”, o un “¡qué bien te sienta ese vestido!”-; verás cómo de repente esa persona se siente en un pequeño compromi- so, y le resultará extraño haber recibido ese re- galo sin contrapartida aparente. Eso es porque desde niños tenemos programado en la cabe- za que, mientras que el reconocimiento negati- vo –el insulto, la bronca,
la descalificación- es frecuente, sea merecido o no, el reconocimiento positivo “gratis” no existe, es decir, que si alguien nos dice algo agradable es porque quiere algo a cambio.
Ésa es la razón por la que tantas veces escucho lo del “…para qué le voy a decir que lo hace bien, si le pago para que lo haga bien…”, o lo del “…no pienso felicitarle, no vaya a ser que se lo crea…”. Buff, parece que a fin de cuentas Darth Vader sí existe…
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