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VENTANA LATINA, OCTUBRE 2011


LA LATINA COMEDIA Bienvenue monsieur Rastaquouère Por Fray Draco


“Un tipo de color moreno subido, facha estrafalaria, vestir aparatoso y grotesco, de talante finchado, andar de pavoneo -especie de crisólito viviente-, por lo chillón de su atavío y por el brillo de los diamantes de que se le suponía cubierto desde la cabeza a los pies». Del Solar en “Rastaquouère: ilu- siones y desengaños sudamericanos en París” describe así a su protagonista, Don Cándido, representante de la nueva estirpe de nuevos ricos sudamericanos que, gracias a los negocios como la minería, el comercio y las pingües ganancias manadas de ellos, lograron ascender rápidamente en la escala social. Sin embargo, en opinión de muchos escritores pertenecientes a familias nobles que se ocuparon de ellos en sus novelas, crónicas y ensayos, el rastaquouère carecía de lo esencial para ser un hombre refinado y por ende aceptado como un igual en los círculos dominantes de la alta burguesía sudamericana, esto era: cultura y refina- miento estético.


Muchos como el Don Cándido de del Solar, o el Don Polidoro de López pensaron que la mejor forma de superar esa “indigencia” cultural sería viajando a París por largos períodos, beber de su selecta cultura e inten- tar codearse con la mayor cantidad de gente noble posible, a la vez divertirse en los luga- res más abyectos que escondía la decimonó- nica noche parisina. “Tragan museos y disi- mulan el encanto” y “sin idea fija ni propó- sito preconcebido, caen un buen día en Eu- ropa y pretenden conocer las grandes capita- les porque han rodado al acaso por ellas, como una bola, por cierto espacio de tiem- po”, escribía López en su crónica.


El viajero sudamericano de familia linajuda, un poco dandy y vividor, con tierras y títu- los nobiliarios adquiridos en un tiempo sin memoria, despreciaba profundamente a este nuevo rico y su afán de apropiarse de los encantos de Europa. Las burlas contra sus vulgares acciones y ridículos comentarios acerca del arte y la “alta” cultura fueron plasmadas en decenas de libros que escri- bieron estos privilegiados, notoriamente asustados por la irrupción de esta insólita e insoportable clase de personas, quienes a través de dinero vulgarmente adquirido en el despreciable comercio, a opinión de ellos, ahora se atrevían a irrumpir incluso en sus espacios más sagrados de las clases privile- giadas, antes lejano e inalcanzables. El arte, la cultura y los viajes eran considerados como su último refugio ante esta nueva amenaza.


“Don Polidoro ha sido vomitado en París” dice López de su protagonista, “habla el español, nada más que el español. Del francés sabe tres o cuatro palabras, poco


extraordinarias por cierto: monsieur o mosiú madame, oui y no. He aquí todo su capital”. Pues de origen humilde y educación escasa estos rastaquouère debían recurrir más a la mímica que a la conversación al momento de comunicarse con sus interlocutores extranje- ros. Y aceptando el hecho de que aún lidiaban un poco con su propia lengua materna, fatiga- ban aún más en el esfuerzo de ser aceptados en aquel mundo complejo e incomprensible a sus sentidos y reflexión.


El pobre y paradójicamente rico rastaquouère le está vetado incluso el flâneur cuando pasea distraído por la ciudad luz, dice del Solar: “Los recién llegados se aturden; se extravían entre el laberinto de paseantes que se cruzan y atropellan en medio de un mundo de vendedo- res de periódicos u objetos de pacotilla”. No es más que un paria que pasea por museos y palacios antiguos, un snob (sans nobilitè) absorto por la magnificencia que lo trasciende con una belleza absolutamente incomprensible e inalcanzable para él, que lo deslumbra y lo enmudece.


Los cronistas burgueses insisten en que este pobre animal en corral ajeno no soporta el trance de lo trascendente y por eso suele su- cumbir rápidamente a las más vulgares diver- siones y banalidades que también ofrecen las libertinas capitales europeas, lugares en donde un rastaquouère se siente más a gusto y me- nos juzgado. El caso del Don Cándido de del Solar es paradigmático pues su primera inver- sión en París fue la adquisición de una peque- ña mansión que sirviera de asilo para mujeres de “vida ligera”. Cambaceres, en su “Vida sentimental”, mata a su protagonista, Pablo el rastaquouère, de sífilis, enfermedad inoculada en alguna de sus desenfrenadas y frecuentes inmersiones en los submundos de la capital francesa.


El rastaquouère no se motiva con un bello y contemplativo paseo a las orillas del Sena, ni se conmueve con las grandes óperas, ni tam- poco comprende la poesía. Su periplo por Europa acaba por ser un viaje de turismo cha- bacano y superficial, del cual se jactará en su vuelta al país que lo vio nacer y que le ha otorgado su fortuna. “Compra guías y más guías, paga propinas y pregunta, observa pero no se admira ni filosofa.... al revés de lo que sucede con los viajeros superiores, Cándido no se entrega a la contemplación y al impre- sionalismo; no se deja subyugar un momento por encantos que no conoce ni comprende... siempre lejos de la meditación, la fantasía y el pensamiento (del Solar, 1890: 266 ).


El rastaquouère es visto por los nobles y los ricos burgueses principalmente como una amenaza contra el orden social establecido, signo de la decadencia de los tiempos de es- plendor y dominación de las dinastías nobilia-


Fuente: gallica.bnf.fr, La vie Parisienne, Un Brésilien


rias que comienzan a ver su poder e influencia disminuida a manos de estos despreciables hombres que no representan para ellos más que la barbarie que acosa la cultura y el refi- namiento estético. Los escritores patricios, sintiéndose acosados por esta incómoda pre- sencia, se refugiaron en el paraíso inmaterial de sus propias experiencias estéticas y filosó- ficas. Desde aquella trinchera, armados con sus plumas y papeles, desarrollaron toda una categoría dentro de la literatura de viajes y novelesca sudamericana del siglo XIX, la cual se valía de la caricatura y el desprecio para retratar a esta particular figura emergente en la sociedad sudamericana.


A pesar de lo dicho anteriormente, los rasta- quouère son también pioneros ya que, gracias a su curiosidad y ambición, lograron sobrepa- sar los límites del prejuicio y la segregación para así establecer puentes duraderos y lazos indisolubles entre un continente y otro, ya sea a través de sus viajes tanto como en sus largas estadías. Sus experiencias han abierto un sen- dero del cual se benefició gran parte de la diáspora que siguió sus pasos hacia Europa en el siguiente siglo. Han quedado atrás, sin em- bargo, los extensos y agotadores viajes en barco para cruzar el océano y conocer otro mundo. Han quedado atrás algo de las román- ticas ensoñaciones que un París, tan exquisito como sórdido, prodigaba a los maravillados paseantes. Ha quedado atrás también un poco de ese meditar reflexivo y paciente frente a una obra de arte que descansa colgada en el Louvre, la cual sublima y conmueve al viajero que la contempla. Hoy somos todos rasta- quouères y a veces un poco gentelmen cuando estamos en la vieja Europa. Deseables e inde- seables caminamos juntos por los hermosos boulevares y los impresionantes palacios con una actitud de flânería y banalidad nacida de la infinita capacidad del hombre de integrar los opuestos hasta asemejarlos y confundirlos. Para todos nosotros, los nuevos rastaquouè- res, París era y seguirá siendo siempre una fiesta.


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