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hermano Alejandro Pizarro Alvarez junto a su admirable esposa, Ximena Charpentier Canales, lograron en su hermosa y arquitectónicamente lúdica casa. Esa tarde de marzo se reunía parte importante de nuestro clan: José Alfonso Mariano Pizarro Alvarez, su señora esposa Ana Guerra (quien nos deleito con su hermosísima voz, de melancólica impronta) e hijos; la viuda de mi padre Marta Millahual y mis dos hermanos, Lautaro Pizarro Millahual y Nelson Pizarro Millahual; mis entrañables primas, Valentina Pavez Pizarro y su esposo, Rodrigo Fernández; Carmen Pizarro, su hija y nieto y Anais Pavez Pizarro, y, por último yo con mis hijos, Teresa Verdugo Pizarro, Ignacio Verdugo Pizarro y Rodrigo Verdugo Pizarro y mi nieto menor Gabriel Sánchez Verdugo (quien junto a las pequeñas Monserrat, y Josefa son la rama más joven de este longevo árbol de los Pizarros) y por supuesto los hijos y nieta de mi hermano Alejandro Pizarro Alvarez y Ximena, todos sentados en esa gran mesa, remeciendo el árbol genealógico de los Pizarro, celebrando, brindando, y evocando a los que aparentemente están ausentes, pero que sin embargo también se sentaron junto a nosotros: Gabriela Pizarro Soto, Alejandro Pizarro Soto, Gonzalo Rojas Pizarro, Hortensia Soto Figueroa, etc. Indudablemente que este es el registro de un gran momento vivido que dedicamos a la memoria de nuestro padre, quien en un querido retrato nos acompañó casi en forma natural. Las hijas de la tía Gabriela Pizarro, Valentina Pavez y Anais Pavez, cantaron esa tarde, con esa inigualable chispa y ese registro vocal que nos remontó una vez más a nuestra querida tía Gabriela, en medio de la nostalgia de inolvidables recuerdos de niñez. No puedo dejar de mencionar que esa tarde también me llevé la gran sorpresa de comprobar el enorme talento de trovador de mi hermano Lautaro Pizarro Millahual y la sorpresa de ver en mi Hermano Alejandro


Pizarro Alvarez no sólo al gran deportista que es (y formador de generaciones de jóvenes futbolistas) sino también al eximio baterista que demostró ser aquel día, acompañado por sus hijos y por mi hijo Ignacio Verdugo Pizarro en guitarras eléctricas, en un magnífico encuentro familiar, que tuvo lugar entre recuerdos, anécdotas, risas y lágrimas. Por último el broche de oro lo puso el Himno de Lebu, el que coreamos todos con una profunda emoción y el gran y emotivo discurso de mi hermano José Alfonso Mariano Pizarro Alvarez, que me recordó la gran vehemencia que caracterizó la prodigiosa memoria de mi padre. Vuelvo a la Estación Central, veo a mi padre con su impermeable azul marino, sus lentes ópticos de negro marco grueso, eufórico, en medio de ese viento que corre entre los trenes, ese viento que viene del sur, de las estrellas como dijo alguna vez Gonzalo Rojas Pizarro. Llegaba Alejandro Pizarro Soto, llegó también alguna vez Baldomero Lillo y tantos otros. Este 3 de noviembre como siempre llegarán y partirán los trenes en Estación Central, tal vez algún nuevo adolescente llegue esta mañana, quien sabe si no es otro desterrado de su paraíso, quien sabe si no viene marcado por la estrella del sur.


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