Una linterna llevada por la casualidad, los familiares del muerto metidos a detectives, las novias de los acusados mascando chicle, un prestamista que delata... hilos de un homicidio cercano, de esos que muchos creíamos que sólo ocurría en otras partes.
Pascual Gaviria
Alfonso Ortiz decidió pasar por la morgue para aliviar los malos presen- timientos. Le dijeron que sólo había 2 cuerpos registrados como N.N.: un hombre de 55 años aproximadamen- te y un joven de 25 a 30 años muerto en combate en el barrio La Sierra. El hermano se devolvió tranquilo para la casa. Las señas del uno y las circuns- tancias de la muerte del otro no cua- draban con el oficio y los recorridos de Diego Alfonso. **** La asistente del juez lee el expe-
diente como si fuera un salmo inter- minable, sin énfasis, sin prisa, con un tono monocorde que adormece a las ba- rras. Los protagonistas de la audiencia están encerrados en un salón estrecho con una larga ventana lateral que da al pasillo de entrada a los ascensores. Las novias y las hermanas de los soldados, arregladas como si estuvieran en una ceremonia de ascenso, se apoyan sobre el muro que mira el salón del juzgado y consuelan a sus hombres con los ojos. Les escriben notas con corazones, les entregan chicles para apaciguar el te- dio. El aire de alumnos aburridos de la escuadra militar me recordó a los pro- tagonistas de la famosa A sangre fría de Truman Capote: “…tanto Smith como Hickock afectaron en la audiencia una actitud a la vez indiferente y falta de interés: mascaban chicle y golpeaban el suelo con lánguida impaciencia.” En el otro extremo de la ventana
Verónica Velásquez
nombre perfecto para una funeraria y sus enterradores de finos modales, cuervos de corbata y urracas de sas- tre y flor blanca. O para un grupo de Death Metal y sus alaridos del más acá. En cambio no parece muy apropiado para una patrulla militar. La referencia mortuoria puede generar escalofríos en los civiles. Pero un destacamento de las Fuerzas Especiales Antiterroris- tas Urbanas y Rurales adscrito a la IV Brigada decidió adoptar el nombrecito. Al fin de cuentas el sigilo y la mano imperceptible son características de la figura griega que los antiterroristas re- toman en su bandera: “Livianos y Sor- presivos”. Según la bitácora del Destacamen-
T
to Thanatos sus nueve hombres llega- ron al sector de El Pingüino en la vía a Santa Elena, en cercanías del barrio La Sierra, el viernes 3 de junio de 2005 con la intención de cerrar un corredor de milicias y bandas armadas. El sába- do 4 antes de caer la tarde se toparon con 4 sospechosos: “lanzaron la procla-
hanatos es el nombre de la personificación griega de la muerte no violenta, un
ma de alto” y recibieron una respuesta de plomo. El combate no duró más de 15 minutos y dejó muerto a un joven N.N. entre 25 y 30 años. Un capítulo más de La Sierra. Desde los tanques de tratamiento
de EPM cercanos a la zona los emplea- dos miraban con tranquila curiosidad. El movimiento les pareció más el atra- co de un furgón de lata que un comba- te entre milicianos de las FARC y una patrulla del ejército. Los detectives del CTI llegaron para el levantamiento de rutina. Desde los tanques se advertía el flashazo sobre el cadáver boca abajo. Un disparo con orificio de salida en la cabeza, uno en el pliegue del cuello y otro en el pecho. 180 casquillos de fusil al lado de los militares y tres vainillas de changón en la supuesta orilla de los malosos. No había mucho más qué buscar. La casualidad hizo que la lin- terna de un detective encontrara una marquilla Puma desgarrada del cuello de la camiseta del occiso. “Qué recogió ahí”, dijo uno de los militares. “Nada”, respondió el tira. Luego de la mala noche del vier- nes 4 de junio un hermano de Diego
está la familia de Diego Alfonso Ortiz. Se arrullan con los argumentos del juez mientras intentan descifrar a los hom- bres de camuflado: buscan sus apelli- dos en el uniforme, miran sus manos, se concentran en un águila tatuada en el dorso de la mano de uno de ellos, en una cicatriz en el cuello, en los ojos que retan o huyen. “Aquel más joven parece mirar con desconfianza a sus compañeros, el otro del extremo pare- ce querer decir algo, habrá entre ellos algunos inocentes…”. **** La fiscal está convencida de que
los militares mataron a Diego Alfonso Ortiz en estado de indefensión. Los tra- bajadores de los tanques contradicen el relato según el cual los militares lleva- ban dos días en la zona del supuesto combate. La desproporción entre el poder de fuego de los militares y los milicianos imaginarios es otro de sus argumentos para hablar de un monta- je que intenta disfrazar un homicidio. La posición del cuerpo no la conven- ce: luego de tres impactos de fusil no es normal que el cadáver haya quedado de cara al suelo. Además los militares han caído en pequeños desacuerdos en sus testimonios. La defensa alega que el supuesto vendedor de varitas de in- cienso y bolsas de basura era en reali-
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