Los que se fueron a vivir por allá a otros paisajes o estuvieron de paso el tiempo suficiente, nos cuentan cómo son y a qué saben y huelen OTROS CENTROS, distintos al que gozamos y sufrimos en esta Medellín. Talvez no hay otros centros peores que el nuestro o talvez sí, pero lo que interesa de verdad es que haya otros diferentes, y que al verlos con los ojos prestados de quienes nos los describen, podamos descubrir, por comparación, la dimensión del nuestro, sea la que sea.
Impresiones de un montañero en el primer mundo del
Luis Miguel Rivas Uno de entrada no tiene la impre-
sión de estar en otro mundo, que es lo que siente un montañero cuando está en otro país. Si caminás por las calles de Buenos Aires mirando al frente no hay nada que te haga sentir que no es- tás en Medellín. Es como andar por las calles aledañas al parque de Bolívar, por la cuadra del glorioso teatro Sin- fonía. Pero llena de Versalles y de Ás- tores, esos cafés de elegancia austera, detenidos en los años cincuenta, como hechos para señores de tiempos dignos e idos, que leen el periódico de la ma- ñana mientras sorben un café y pican un croissant. Pero si mirás para arriba y para abajo ya empezás a sentir otro universo, otra manera de mirar la vida y, ahí sí, otra ciudad. Hacia arriba te encontrás con la ar-
quitectura de los antiguos edificios, con sus cornisas, con sus gárgolas, con su aristocracia veteada de musgo, con su prestancia antigua, ahora invadida por planticas silvestres que crecen entre las
grietas del mármol. Sentís una ciudad de espíritu “dediparado” y rimbomban- te, como las inscripciones de sus mo- numentos, un espíritu que hablaba con palabras como: “eximio”,”perínclito” y para la cual debían tener sentido real expresiones grandilocuentes como: “Honor”, “Espada de plata refulgente”, “Prócer benemérito”, etc. Pero supongamos que no acos-
tumbrás mirar hacia arriba y seguís pensando que estás en Medellín. En- tonces hay que mirar hacia abajo. De todas maneras no tenés escapatoria porque en Buenos Aires es fundamen- tal mirar hacia abajo cuando caminás por las calles. Y allí encontrás el otro distintivo de la ciudad, del que te te- nés que cuidar: las mierdas de perro. Por todas partes, en todas las aceras. Hay muchos, pero muchos, perros. La gente los adora y en cualquier lugar, en cualquier momento, los sacan a pasear. Los cuidan más que a las personas y los tratan mejor que a algunos niños. Los
tercer mundo
alimentan muy bien y, por las eviden- cias que reposan en las aceras, parece que en grandes cantidades. Entre los colombianos radicados
en esta capital es común la pregunta de cuánto tiempo llevás en la ciudad y cuánto te demoraste en pisar tu pri- mera mierda. Por ejemplo Laura, mi amiga de Envigado, andaba súper orgu- llosa de su espíritu despierto y de su andar atento porque iba a ajustar casi un año de haber llegado y no había manchado nunca la suela de su zapa- to con la vil deposición de un mastín. Hasta que hace poco, caminando por las cercanías del parque Miserere, me tocó ser testigo de la debacle de su or- gullo y del evolutivo proceso sicológi- co de incredulidad, asco, impotencia, tristeza, rabia y resentimiento con ella primero, con la ciudad después y con el mundo en general posteriormente. Otro amigo que vino a estudiar litera- tura latinoamericana en la Universidad de Buenos Aires se mantuvo incólume los primeros tres meses, hasta que en el momento más inesperado y menos pre- decible, posó su pie sobre una plasta y de esa manera cruzó el umbral después del cuál uno deja de creer que vive en un paraíso cosmopolita y se da cuenta de que es sólo otro simple habitante de una ciudad de mierda. Yo llevo un mes y aunque camino muy atento no me ilusiono porque tengo claro que, como la muerte, este hecho es algo que tarde o temprano nos va a llegar a todos. Y dado el caso hipotético de que te
Fotografía del autor.
dieras el lujo de tampoco mirar hacia abajo y aún continuaras en la “intier- na primavera” hay una tercera manera de darte cuenta dónde estás: Con el oído. Escuchando en todas partes ese acento que uno antes creía reservado para los futbolistas, para ciertas teleno- velas o para la parte hablada de algu- nas canciones de amor. Un acento que siempre me ha parecido inventado ex- clusivamente para terminar relaciones sentimentales. A mí por ejemplo me gustaría tener una novia argentina so- lamente para terminar con ella en uno de esos Ástores o Versalles, al lado del ventanal de vidrio, mientras llueve, y sentir que desde afuera se confunden las gotas que ruedan en el vidrio con las lágrimas que descienden por las mejillas, mientras ella me dice: —¿Nos volveremos a ver? Y yo le contesto: —Sí, en todo momento, en todo lugar. Partir es otra manera de estar juntos. Y después rozarnos las puntas de los dedos y llorar los dos hasta tener un
acceso de hipo por el dolor de ese gran amor que no podemos evitar pero que tampoco puede ser. Pero los argentinos no utilizan el
acento sólo para eso. Es más común oírlo cuando están practicando el se- gundo deporte nacional, aparte del fútbol: el alegato. Alegan mucho. Se madrean sin pudor. Porque alguien se metió en la fila (las hay), por política (sobre todo), por fútbol (obviamente), por Sandro (no falta el iconoclasta), por Perón (todavía), por Maradona (Dios da de qué hablar)… y por los perros. Por ejemplo el perro de una vieji-
ta (hay muchas viejitas bonitas por to- das partes) le buscó camorra al perro de un señor. Los dueños intercambian reclamos. Los perros al cabo de un rato se reconcilian y siguen jugando en el parque mientras los dueños continúan manoteando indignados, esgrimiendo alegatos morales, civiles y metiendo en el problema al país, al pasado, a la historia: “por eso es que estamos así”, “Buenos Aires ya no es la misma de hace unos años”, “estas generaciones no saben lo que es sufrir”. Y después cada uno toma a su perro, lo hala del collar y se va refunfuñando. Se pelean entre desconocidos. Eso
me llamó la atención porque en Mede- llín me acostumbré a no alegar ni pe- lear con nadie que no conozca. Uno no sabe quién es quién y qué tenga dentro del pantalón. Casos se han visto. Aquí como que no piensan que el otro lo puede matar a uno, porque se van in- sultando de la manera más tranquila y parten sin novedad a tomarse un café, otra vez en Versalles o en el Ástor. Y si después de todo eso, de mirar
para arriba y para abajo y de escuchar, uno sigue sintiendo que está en Mede- llín, es muy probable que en realidad todavía esté allá así esté acá. Por la ra- zón simple de que para donde se vaya hay que cargar con uno, con todo lo que tanto quiere y tanto odia, con todo lo que tanto añora y tanto desprecia, con todo lo que no quiere seguir siendo y no puede dejar de ser. Y porque no hay otro mundo que este pequeño pla- neta en el que sólo e irremediablemen- te te encontrás con lo mismo: países, gente, cafés, monumentos, amores im- posibles, alegatos, fútbol, filas, política y mierda de perro.
Este texto fue publicado original-
mente en el blog del autor, tareasno-
hechas.blogspot.com
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