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gonzaloarango S


Jorge Iván Agudelo Z.


e es escritor o no se es. Y se es cuando la vida del escri- tor es literalmente la misma


escritura o el afán de ella. La escritu- ra, que en los más no pasa de ser mero instrumento, es expresión cumplida y desgarrada. gonzaloarango no dejó de escribir. Se abatió sobre la página en blanco y no volvió a salir de ella. Allí murió y allí vivió. Con él y en él. Ni siquiera angelita, su gran amor, podía acompañarlo. A veces, muchas, rene- gó de sí mismo. Cuando sus amigos se negaron a secundarlo en sus elogios a un gobernante de turno, dijo de sí: soy un poeta cagado, oscuro, una lombriz metafísica. Mi camino va de un agujero a otro, y al final estoy reventado, más oscuro. A esta arrastrada heroica es a lo que llaman destino. (O cumplir con el deber, ja). Renacía en la exploración y buscaba nuevamente la expiación de sus culpas. Sin transigir, queriéndolo todo de sí, volvía de nuevo al combate, desvaído, pero resucitado al fin. Todo y nada, palabras idénticas. Se quemaba, se purificaba, arañaba hasta el fondo su necesidad de Dios cuando era ape- nas un vástago de Pascal. ¡Cómo se sufre siendo apenas humano, y Dios y Dios...! Era un hombre peligroso, porque así como lo quería todo de sí, quería todo de los demás. Un dolor su escritura, escritura de socavón, de ras- tros oscuros y sinuosos. Nunca fue tan poeta y tan profeta como cuando escri- bió Águila negra y Elegía a Desquite. Bandidos, asesinos, terroristas. Igual que él, verticales absolutos. Y en esos


bandidos la patria negada desde un atavismo incomprensible. Los amigos, de pronto aquí y allá,


y ahora lejos, callados. Hay que llamar- los para que nos hablen, para que nos quieran... así llamaba a uno de ellos: Escríbeme, ¡hijodeputa! Era libertad. Qué tentación ser padre de sus hijos nadaístas. Pero abjura de esa vanidad que doblegó a Breton, el surrealista: Sólo se filan los esclavos, los sin-alma, las reses que van al corral o al mata- dero, los soldados de plomo, las putas, los que hacen cola para subir al bus o entrar a matiné. Y se filan también los que van a ser fusilados, mejor dicho, los filan. Pero el nadaísmo no filó a na- die, porque no somos una escuela lite- raria, ni un matadero, ni un cuartel, ni un burdel, ni un teatro, ni un corral de cerdos o de ovejas, y ni siquiera un pa- redón. Era todo lo contrario: el romper filas, el sálvese quien pueda, la liber- tad y el terror. El no me filo por natura- leza mortal. O como oraba Amílkar en su plegaria nuclear de un cocacolo: Yo no me sol. Yo no me tengo. Era a él a quien expulsaban del


movimiento, y era él mismo quien se expulsaba, más aún, padre expulsado de su propia paternidad, sólo quería ser él desde la absoluta orfandad, pues Dios, como lo enseña Kierkegaard, ¿no es acaso la imposibilidad de creer?, ya lo diría el mismo gonzaloarango: yo no escribiré para el rebaño sino para las ovejas negras que buscan el camino bordeando precipicios.


La escuela del fracaso El Callejón de las Palabras


Aram Garoglanián


nos envilecida de todas es abriendo una librería en un país en donde nadie lee. Entonces el fracaso se hace menos pusilánime que si se llegara a él por la vía del juego, como Dostoievski, o por la senda del alcohol, como Malcom Lowry, o por el despeñadero de la dro- ga, a lo Burroughs. Herman Melville también fue un


E


perdulario ejemplar. Para él, aquello que los hombres usualmente denomi- naban ruina no era más que una opor- tunidad que le ofrecía la vida para enri- quecer su alma. Melville murió como el más acaudalado de los escritores: en la miseria, y su obra se convirtió en uno de los corpus literarios más complejos y ricos de Norteamérica. Esa es la enseñanza del maestro: agradecer todas nuestras derrotas. Luis Galar, por su parte, también


quiso hacer parte del club de los perde- dores antioqueños, y su fracaso comen- zó el día en que decidió abrir una li- brería en Medellín. En aquel entonces, Galar no sabía que en la ciudad ya no hay lectores, y si los hay son muy po- cos, o están agrupados en una sociedad secreta del Valle de Aburrá. Son imper-


xisten muchas formas de fracasar en la vida, pero quizás la más cabal y me-


ceptibles. Se mueven como felinos por las bibliotecas y los centros de cultura y ya no compran las obras que leen, sino que las sacan prestadas. Eso por un lado. El segundo tras-


pié de Galar fue pensar que a los pocos lectores de la ciudad les interesaría el stock de su tienda. A saber: coleccio- nes de bolsillo de la obra novelística de Kadaré, diccionarios filosóficos, dia- rios de Kafka y Cioran, antologías de Apollinaire, compilaciones de Stefan Zweig y un largo etcétera de artículos de imprenta. No. La mayoría de los lectores de la


provincia paisa buscan el último best- seller de aquellos personajes naciona- les que pasaron por la ignominia del secuestro o bien aquellos otros que han triunfado y deciden compartir su sa- biduría con el mundo en un ominoso libraco para alcanzar el éxito. Lo tercero que debió haber adver-


tido nuestro apreciado vendedor es que el libro en Medellín es completamente prescindible. Lo que no es prescindi- ble es la ostentación y la belleza física. La lectura sí, porque ésta no hace a las mujeres más bonitas ni a los hombres más galantes. La lectura no estiliza nada; todo lo contrario: astilla, corroe, herrumbra los cerebros de las personas


hasta convertirlos en seres geniales y solitarios. Ahora, todos los marineros del


mundo saben que cuando las ratas huyen de su barco es porque éste va a naufragar, y en El callejón de las pala- bras las ratas se lanzaron al mar des- de el momento en que Luis abrió por primera vez las puertas de su estableci- miento. Galar tenía todo lo que necesi- taba para que el suyo fuera un negocio próspero, pero se equivocó de país. Su librería nunca logró ser un negocio ren- table. En sus cinco años de funciona- miento, jamás vendió lo necesario para hacerse de algo parecido a una nómina o una ganancia, o de un salario para sus socios, y al final no le quedó más que la impaciencia de sus acreedores y la bilis hepática que les regurgitaba dentro sus páncreas. A diferencia de otras naves, en el


barco de Galar las mujeres nunca fue- ron de mal agüero ni faltó la buena comida ni escaseó el tabaco ni el alco- hol. Siempre soplaron buenos vientos y prosperó la camaradería, y eso hace que casi siempre, a la pregunta de qué va a hacer ahora, Luis responda en las palabras de Bertolt Brecht: me está cos- tando una fatiga enorme preparar mi próximo fracaso.


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