Javier Gil Gallego
Mi mamá lo dice y Memo lo confirmó: Mujer chiquita es brava, y si es mona pior.
dos razones: su dignidad maltrecha y un torrencial aguacero que hizo que su buseta estuviera inmovilizada veinte minutos en un trancón, lo que obligó a nuestra furiosa y confundida dama a caminar, bajo las inmensas goteras siete cuadras con su vestido más atre- vido, con el que pretendía hacer que cualquier decisión se inclinara a su favor, por razones obvias. Desde la no- che anterior, en el ambiente rondaba un tufillo de intranquilidad cuando él la citó para ese lunes con el pretexto de conversar sobre algo muy importan- te, después de desaparecer tres días: ¡todo el fin de semana! sin motivo aparente. Él la vio llegar empapada en su
L
diminuta falda, y supo qué faena lo esperaba cuando recibió una furiosa mirada como respuesta a su saludo y al ofrecimiento de su chaqueta en un gesto de caballerosidad. Entraron a las 12:50 a la cafetería del Ley, que era lo
a cita era en el centro a las 12:15, cita a la que ella lle- gó a las 12:45 movida por
Desencuentro Desencuentro
más próximo, ante el peligro inminente de que la Mona cogiera una pulmonía. Adentro, en la cafetería, el ruido era en- sordecedor, pues la clientela habitual, para poder hacerse escuchar, gritaba saludos y opiniones. La atmósfera era pesada y se destacaba un fuerte olor a comida.
Nada más desatinado que inten-
tar hablar allí, pero la decisión estaba tomada. El cuadro era patético: el uno frente al otro, separados por la extensa mesa de la cafetería, tratando de comer un almuerzo sin sopa, torta de pescado en vez de carne, sin arroz, una indesci- frable ensalada, un café con leche y una coca cola al clima. Memo, sintiéndose estallar, empezó lo que quería fuese un monólogo explicativo de lo que pasa en el corazón de un hombre cuando una mujer entra en él, y en forma meteóri- ca, destroza un pasado y lo pone a ha- bitar otro presente. Él pensaba que la honestidad era el motor de una relación y quería ser claro con ella al contarle que su amor tenía otros rumbos. Habla- ba pero todo era inútil, la Mona no lo entendía, y no era que el dolor la em- bargara, que la angustia la asfixiara, no, en ese momento la algarabía no dejaba escuchar. En el sitio habían crecido los niveles de ruido en forma proporcio-
nal a la charla pos almuerzo del tinto y el cigarrillo. Él trataba de hacerse oír y viendo la imposibilidad de lograrlo, resumió gritando: estoy enamorado de otra mujer y no quiero nada con vos. La mitad de la cafetería se volvió a mirar, lo que no fue óbice para que la Mona lo fulminara con una furiosa mirada y respondiera levantando todavía más la voz: ¡Claro los hombres son todos igua- les, se encarretan con uno y apenas ha- cen el amor voltean el culo y se van, no les importa sino eso: comérselo a uno y después irse! La cafetería quedó en silencio.
Cada uno, como hablando de política, escogió partido. Con miradas escruta- doras, escandalizadas, risueñas; nues- tra ex pareja abandonó la cafetería con la segura sensación de que no era el sitio, pero en el amor nadie escoge el inicio y el final, que parece tan predeci- ble, tampoco escapa a esas vicisitudes circunstanciales que es en verdad lo que lo hace ciego. Memo, pensando en lo absurdo de la situación, esbozó una sonrisa que amagaba convertirse en carcajada, pero fue frenada de pronto cuando, desde atrás y en forma inespe- rada, la Mona le asestó certera patada, a la vez que le gritaba: ¡para que se te quite esa risita maricona que tenés!
en el
amor nadie escoge el
inicio ni el
final
Nana Ruiz
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