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Lluevo, al principio gotas de sal y memoria, luego, a borbotones, los recuerdos se vierten de mis cuencas. Quisiera encender el limpia brisas en mis globos oculares - ¡maneja si puedes¡... ¡Lo que me faltaba! La noche abofetea los vidrios, ahora veo menos entre el agua, el llanto y la voz vibrante de tu silueta sonriendo en cada recuerdo. Conduzco a ciegas. ¡OH¡ Dios de los ateos, aleja de mi este cáliz: la angustia de esta nada que me dejó tu ausencia. ¡A un lado!, debo parar, conducir me es imposible. Maldita tormenta, maldita tu... ¿Por qué te fuiste? ¿Dónde puse los pañuelos desechables?... Tengo que hablarte, decirte, nada mía, que me siento como el ser-en-sí de Sartre: “algo opaco, incognoscible en sí mismo, sin sentido” sin ninguna relación con el mundo solo un es, y nada más. - Que silenciosa es la soledad interior y que ruidosa la vida, afuera-. ¿Sabes, amor ausente?, ¿sabes lo que fuiste? La conciencia de la nada, contigo, la nada llegó a mi mundo. Al principio era como cualquier cosa en la realidad, un objeto más que simplemente estaba y apareciste tú, transparente, cognoscible, cimbreante, llena de colores, de voces, de olores, la vida escapada de un paisaje de Van Gogh, el ser-para-sí, diría Sartre. Me empujaste a vivir, a reconocerme humano frente a una especie que nunca entendí, incluso odié, como a mi mismo. Sin embargo, dolor sin sombra, la conciencia del mundo, fue la causa de su misma aniquilación, había dejado de ser un objeto, me reconocí contingente, un azar, podría no haber existido, podré no existir, ya no pertenecía a la realidad, por lo menos a la misma realidad, me trajiste el vacío, el no ser de no ser una cosa, y el dolor que acarrea el conocimiento de mi enfrentamiento con tu existencia, a pesar de que estabas liquida evaporándote por mi piel, derramándote por mis venas, cubriéndome de neblina o del jugoso rocío del amanecer, a pesar de todo, estabas fuera de mi y cabía la posibilidad de que la libertad de vivir, implicara la posibilidad de no vivir. Ves lo que te digo, me trajiste la nada, ahora estoy condenado a ser libre, a tener que decidir lo que he de hacer por mi mismo, porque tu esta muerta.

Gonzalo Ordóñez.

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