Café Van Gohg
¡Menos mal siempre llevo mi agenda! Ahora te escribo desde París, exactamente en la Place du Forum, en el café que Van Gohg pintó en 1888. Es cierto, aunque no lo creas es cierto, este sitio, en la costa, es idéntico. Recuerdas el cuadro que te mostré alguna vez: el viejo café que tenía la terraza de madera ligeramente levantada del piso, allí en la pintura del maestro la glorieta está levantada sobre un empedrado, aquí, erigida en la arena, sin embargo el toldo es similar, parece repleto de jugo de maracuya y pincelado con manchones de tomate de árbol, efecto provocado por un intenso farol, afuera la noche se sostiene en los bordes de los tejados, y las estrellas, ¡ah!, las estrellas deberías verlas, - a propósito para el próximo taller que de en la costa, ya no te escribiré, si lo que escuchas, ya no te escribiré, no podré hacerlo si te estoy besando bajo este toldo amarillo - son como margaritas incrustadas en un vidrió azul y violeta, un cielo de verano, en el invierno de tu ausencia. ¡Dios cuanto te extraño!, y pensar que esta mañana todo se veía tan alegre... Todavía mis hermosísimos bucles, cactus venenoso dirías tu, no se desperezaban cuando ya estaba introduciendo el cassette y escuchando el concierto para violín, "La tempestad del mar", de Vivaldi. Las notas inundaron la habitación, barridas por el viento que anunciaba la tempestad, pero era solo el inicio, un coqueteo peligroso, alegre, la agitación crecía, el mar estaba embriagado; abrí la ventana, el aliento salado de la mañana entró como un bufón, sus grandes carcajadas le precedieron. Me sentía alegre, tempestuoso, ¡y el agua fría!, ¡diantres!, ¡diablos! y ¡centellas! un serrano no debería pasar por esta tortura, bueno ahí la tempestad se convirtió en un chubasco, de todos modos el concierto había terminado y ya se me hacía tarde para el taller. De camino al hotel, pensaba en las próximas horas, comenzaríamos escuchando el "Diálogo del viento y el mar" de Debussy, luego viene la descripción de nuestras emociones, unidas a nuestro recuerdo del horizonte inundado de océano, a partir de aquí buscaríamos hallar nuestra relación con el mar, con el espacio, el viento, la calma, así llegaríamos al filósofo de lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande: Spinoza. Y de pronto, de camino al hotel, estaba en el mar de tus recuerdos inundando estos últimos cuatro años juntos, te extrañaba y la tempestad crecía en mí. Fue Spinosa, ¿sabes?, fue él quien me trajo tu recuerdo, ¿cómo?: El filósofo Holandés contaba que Dios, o el universo, como quieras, para él era lo mismo, tenía infinitas cualidades, pero nosotros solo alcanzabamos a conocer dos, la extensión y el pensamiento, o la forma y la
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