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el Cuervo Imaginario
De Michele I. Beauchamp
Montalvo
Obtuvo su Bachillerato en Artes en Filosofía en la Universidad de
Puerto Rico, Recinto de Mayagüez y su maestría en Bioética en la
Universidad Pontificia Comillas en Madrid, España. Su tesis se centró
en el tema de la “Muerte Digna”. En enero de 2008 recibió el titulo de
Doctora por la Universidad de Salamanca con el grado de Sobresaliente
Magna Cum Laude. Se ha dedicado a la investigación dentro del
campo de la Historia y la Filosofía de la Ciencia, trabajando temas como
la visión y significado de la enfermedad y el desarrollo histórico de las
Medicinas Alternativas. Tiene a su haber las siguientes publicaciones:
“La Formación en Medicinas No Oficiales en España”, Editorial
Universidad de Salamanca.
Destino
Maribel se despertó como todos los días, con el corazón en la boca latiendo a toda velocidad.
Miles de pensamientos abrumadores llegaban de cantazo y la mareaban. El sol entraba suavemente
por su ventana. El sudor cubría su cuerpo y su pelo le acariciaba la cara tersa y poco manchada que
reflejaba su corta edad, no su edad corporal que no era tanta pero sí su edad sentimental. Lucharía
como todos los días lo había hecho desde hace unos meses, las lágrimas corrían rápidamente desde
sus ojos brillosos.
El calor que sentía dentro de sí era increíble, su pecho ardía como si tuviera las llamas del infierno
ardiendo lentamente pero constantemente en lugar del corazón. El esternón le sobraba y los pulmones
no le daban. Le faltaba el aire día a día y muchas veces tenía que levantarse y expandir su pecho para
lograr entrar el aire por su nariz. La comida no entraba por su boca y mientras su alma no cabía en su
cuerpo, su cuerpo se perdía en su ropa. Era inverosímil el ardor que le dominada, no podía creer que
sus sentidos estuvieran ocupados por el dulce quemazón que recorría su cuerpo. No quería o más bien
no podía moverse, era ilógico pero a la vez necesario.
Tenía el constante miedo de quemar lo que tocara. Miedo a quemarse. Lentamente volvía a cerrar
los ojos; se acomodaba en posición fetal y se entregaba al sueño. Pensaba no sentir nada en sus
sueños, pero no era así, ya ni sus sueños eran sagrados, su fuego la acompañaba y en su imaginación
quemaba todo a su alrededor. Ardía en llamas su cajita de pensamientos encima de su tocador. Hasta
que ya no podía más, el teléfono sonaba y salía despavorida a contestarle a un número equivocado.
Regresaba a su cuarto y se sentaba en la cama, allí ponía sus manos en su cara y se preguntaba que
será de mi mañana. Hoy lo había logrado, no ocurrió la autocombustión.
número 40-41, julio 2008 a junio de 200922
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