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el Cuervo Imaginario
Después de un largo rato cerraba el grifo y salía de la ducha, volvía a mirar su reflejo fantasmal y
cubría su cuerpo sin secar con una toalla grande y blanca. Compañera fiel su bata vieja la esperaba
detrás de la puerta. Al ponerse su bata ya estaba seca y el calor emanaba de sus poros.
Camino hacia la cocina miró la nevera y comprendió que no tenia nada, había estado vacía desde
hace una semana. Solo quedaban dos botellas de agua mineral medias usadas y unos “yogurts” que se
expirarían pronto. Tomó una de las botellas y se sentó en la sala, en su silla favorita, que ya tenía el
contorno exacto de su cuerpo. Miró por la ventana y observó como la vida continuaba en una ciudad
activa. Nadie sabía lo que estaba pasando y ella tampoco lo dejaba ver.
Sonó de momento el teléfono, esta vez era su amiga Isabel, para quedar a comer. Con su voz de
fiesta le dijo que sí, que muy encantada iría. Se citaron para las 6:30 de la tarde y eran las cuatro. Fue
a su cuarto y se paró frente al armario, escogió la ropa que se pondría, su habitual conjunto de mahones
y una camiseta gris.
Ya a las seis estaba en la calle, el pelo revuelto y los ojos bien abiertos. Después de los saludos de
rigor y los cómo estas, se sentaron para cenar. No sabia si podía comer, se fue a la segura y pidió una
ensalada de salmón como muchas veces había hecho, para beber agua que le venia bien al cuerpo.
Entre risas y comentarios, Isabel la tocó varias veces y con cara de preocupación la miró y le dijo:
“¿estás bien?, parece que tienes fiebre, ¿ te irá a dar catarro? Rápidamente sonrió y para salir del paso
le dijo que sí, que estaba tomando aspirina para que le bajara la fiebre.
Al final se despidieron, era las 10:00 de la noche, las estrellas bañaban de luz el cielo. Decidió
caminar hasta su casa, el calor la abrumaba y la brisa atenuaba su sensación de quemazón. La luna
estaba llena, alumbraba su camino y fijaba su sombra al pavimento oscuro y áspero. Al abrir la puerta
una bofetada a rancio logró despertarla de su letargo intencional. Abrió todas las puertas de par en par
y se recostó en el sofá de azul. El pecho se le apretó, el aire no era suficiente, sus pulmones jadeaban
por conseguir el gas sagrado de la vida. Los recuerdos inundaron su mente y al cerrar los ojos todo su
cuerpo se transportaba a tiempos pasados, sintió como el fuego salía de su pecho entre las costillas y
el ombligo. Desde afuera solo se observó un destello de fuego de color intenso que terminó en una
dulce luz azul que arropó la calle.
Días después, al entrar por la puerta todo olía a leña quemada, la sala estaba gris y llena de cenizas
que había regado la brisa. Solo había un papel blanco en la mesilla de la esquina que decía, “No podía
luchar más contra lo natural”.
número 40-41, julio 2008 a junio de 200924
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