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el Cuervo Imaginario
-Prefiero en lo tocante a tu mamá, que también es hija mía, dejar que pasen los
años para que sepas un poco más de la crianza- me dijo. –Por ahora, prefiero predicar
los domingos en esa iglesia del campo. Si quieres, puedes venir algunos domingos y
entonces mejor hablamos de las plantas.
II
Las cosas que me había mostrado mi abuelo en Isabela me dieron mucha
curiosidad, ya que todos los fines de semana iba a ver a mi abuela paterna, que era
rubia igual que mi mamá, y a mi abuela materna en Isabela, que era morena y no se
parecía tanto a mí como mi abuela paterna. La experiencia con los pollos me llevó a
hacer algunas preguntas. Me dirigí, como es natural, a mi abuelo materno, ya que me
había dicho que mi abuelo paterno llevaba muerto muchos años.
-Me has mostrado algunas cosas- le dije. –Pero siento cierta curiosidad. ¿Quién
es mi abuela realmente, la señora rubia de Utuado o la morena con la que te casaste?
-Lo que quiero que tomes en consideración al mostrarte estas cosas es que no
insistas demasiado para saber la verdad. Debes dejar algo en el misterio. Es por eso que
soy ministro y no científico. No me interesa llegar al fondo de la verdad. Cierta incógnita
te hará falta para hacer la vida soportable.
No era mi abuelo persona de acariciarme mucho, pero su prédica dominical
llenaba de fantasía mi vida. Desde cierto momento, llamaron a un tío de mi abuelo paterno
ausente y ese señor me mostró algunas fotos de una señora morena haciendo escenas
de la Semana Santa.
En la Semana Santa de Utuado, pasaban una estatua de Jesús mirándose las
heridas en el cuerpo y sentado en la base de un árbol cortado. En las fotos de la señora
morena, también aparecía ella sentada sobre la base de un árbol, sólo que en vez de
mirarse las heridas, se dejaba querer afectuosamente por unos perritos. No sabía decir
si la señora morena de las fotos era mi abuela materna.
El misterio de mi vida se fue haciendo más hondo cuando mis parientes empezaron
a dejar esta vida. Mi abuelo llegó a una edad que ya no le permitía llevarme al patio para
hacer experiencias con la crianza de los pollos. Su vida fue haciéndose más emotiva y
solitaria. Predicaba entonces, ya no en la iglesia del campo de San Sebastián, sino en una
pequeña congregación de Aguadilla, y no ya los domingos sino los miércoles por la noche.
A veces nos invitaba a mi papá y a mí a visitarlo en un apartamento de Aguadilla, como
si no tuviera casa y esposa. Sus peculiaridades me encariñaron bastante, pero como él
mismo me dijo, mejor era dejar que nuestra vida fuera un misterio. Muchas veces pensé
que mi experiencia con la gallina pinta explicaba mucho de mi propia vida, pero resolví
guardar silencio y convertí a mis familiares en personajes de mito.
43número 40-41, julio 2008 a junio de 2009
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