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el Cuervo Imaginario
El otro lado
La muchacha de los senos enormes atraviesa desnuda el verde prado. Se acerca a mí.
Apenas tengo tiempo para contemplar la extensión de su hermosura, porque de inmediato
me extiende un cuchillo. Acto seguido, golpea el suelo, de donde sale un conejo blanco. Algo
me impulsa a perseguirlo y descuartizarlo. Corro a través del prado, detrás del conejo. La
muchacha de los senos mayestáticos observa sentada en la copa de un árbol de fuego. Alcanzo
al conejo, perforando su carne sin piedad. El conejo expira una y otra vez. Su estertor marca
la frontera de un abismo que se abre como una eterna sonrisa entre su muerte y mi vida. La
mujer de los senos enormes no desea que yo piense en estas cosas. Desciende del árbol y me
conduce hasta una cabaña deshabitada. Al entrar, me dirijo a la cocina y arrojo al conejo
muerto en el congelador mohoso e inservible. Ella y yo nos lanzamos a un catre sembrado
de polvo que yace en el piso. Hacemos el sexo desaforadamente. Cuando terminamos, me
dirijo a la cocina y abro el congelador. En lugar del conejo, un perro azul escapa presuroso
fuera de la cabaña y se va elevando mientras le ladra a la luna. La muchacha de los senos
enormes comienza a borrarse, hasta no quedar rastro alguno de su presencia. Me alejo de la
cabaña, donde viví siglos en cuestión de minutos, atravesando el verde prado que ahora se
cubre de sangre imberbe. Desemboco en un extraño paraje inyectado de blanco por todas
partes. Poco a poco me convierto en una pila de excremento de inútiles palabras, que apenas
podrán sostener la memoria de este sueño.
13número 40-41, julio 2008 a junio de 2009
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