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el Cuervo
Naturaleza viva, muy femenina y sensual,
que invita a la comunión con la Naturaleza, a la
matizada de un fino erotismo, pues constituye un
vida libre, lejos de la rutina social, sobre las
magistral pintor del paisaje puertorriqueño. Juan
yerbas, bajo los árboles, a dejarse subyugar uno
Antonio proyecta en la Naturaleza sus dudas
por las melodías de la flauta de Pan...” (84) En
afectivas, pues no sabe realmente a quién ama y
cambio, al bailar en la fiesta de fin de año con la
en su afán de definir sus afectos, establece una
atrevida jibarita María Luisa, se muestra como
empatía con el paisaje -a tono con el
un conquistador, como un consumado “don
subjetivismo romántico- e identifica a Sarah,
Juan”, tratando de sacar ventajas de su condición
Delmira y Pepiña con distintos momentos del día.
de jefe, y no tiene reparos en confesarle a la que
El personaje reflexiona: “Se me llenó el alma de
le gusta mucho, a la vez. que hace ciertos avances
sol mañanero. Pepiña me da la impresión de
sexuales. Al terminar el baile, él mismo reconoce:
una mañana de sol como la de este día. Pensando
“Yo vuelvo a mi rincón, muy serio y muy formal,
súbitamente en esto me puse a comparar el modo
con aire de santo. ¡Tan hipócrita como soy! Hace
de ser de las tres muchachas a quienes había
unos momentos estaba dominado por el grito del
tenido tan cerca de mí. Sarah me da la sensación
sexo y ahora poco me falta para juntar las manos
de una mañanita lloviznosa y fría de diciembre:
como un monje.” (110) Engaña a la muchacha
el paisaje, los seres y las cosas parecen llenarse
cuando le dice que sintió amor a primera vista,
de ella en estas mañanitas; la siento respirar en
pero luego reconoce que: “Y era verdad, yo
la brisa húmeda y llorar en los arrullos de las
hablaba mentiras. Me portaba como un vulgar
torcaces y en el claro gotereo. A Delmira la
embaucador. Íntimamente me burlaba de mí
siento en las tardecitas crepusculares, rojas y
mismo al pensar en mis mendacidades”. (111)
quietas, florecidas de extraños anhelos y
Actúa pues, de forma desinhibida con la joven
anunciaciones; la siento en el suspirar de las
campesina, y no tiene reparos en recurrir a
auras, en el cantar del gallo. ¡Toda Delmira es
mentiras y engaños para conseguir sus propósitos
una espera inefable del primer lucero! En cambio
y se deja arrastrar por sus instintos sexuales y
Josefina -es decir, Pepiña- es para mí como una
sus pasiones, de manera muy diferente a la que
1
fiesta de sol “. Más adelante reconoce: “Todo
se comporta con las jóvenes de su medio social.
lo femenino de la Naturaleza parece haberse
Comprobamos el eterno conflicto pasión versus
aunado en Pepiña”. (102) Observamos como
razón, en que vive Juan Antonio. Ambas mujeres
advierte Zayas Micheli que “...hombre y paisaje
se presentan como objetos de deseo, siguiendo
aparecen entrelazados determinándose
la visión tradicional y estereotipada.
2
mutuamente”. Laguerre emplea la Naturaleza
como un elemento caracterizador para
Tan dominante es en La llamarada la
describirnos a las tres mujeres vinculadas
presencia de la Naturaleza que para muchos
afectivamente a Borrás.
críticos, entre ellos Pedreira, resulta el indiscutible
protagonista, ya que como sostiene Estelle
Irizarry: “Nadie supera a Laguerre en la
PALABRAS FINALES
descripción de la naturaleza y el paisaje de Puerto
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Rico” , y en opinión de Concha Meléndez:
La llamarada constituye, sin dudas,
“Debemos [a don Enrique] un acercamiento más
una novela dominada por un universo masculino;
hondo a nuestra geografía, nuestro paisaje,
por sus páginas desfilan numerosos y variados
nuestra flora y nuestra fauna en una comunión
tipos de hombres, por lo cual resulta
cada vez más necesaria en nuestras vidas urbanas
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comprensible que las mujeres hayan pasado casi
y mecanizadas”. El autor nos presenta una
21Año 20-21, Número 40-41, julio a junio de 2008-09
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