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intentado todo para hacer que el motor Dolores dedicó aquella noche a re-
del coche volviera a rugir o simplemente flexionar, siendo realista llegó a la conclu-
dar alguna señal de vida, pero era inútil, sión de que sus hijos necesitaban lo que
el coche no podía arrancar de ninguna de
las maneras. Aún así parecía les había una sociedad les da para afrontar su futu-
dejado en el mejor lugar que podrían haber ro, y que la aventura debe terminar por
encontrado, era una pradera vallada; pero su bien.
era evidente que cuatro tablones viejos A mitad de la noche, Dolores es so-
no iban a ser impedimento para pisar la bresaltada por la lluvia que golpeaba con
verde hierba de aquel prado, donde las fuerza el cristal delantero del coche, sus
puntas de las hierbas brillan con intensidad
bajo el sol. dos hijos dormían como si de un trance se
Dolores se quitó los zapatos y corre- tratase. Instantes más tarde el sonido
teó descalza por el prado, seguidamente ensordecedor de la bocina de un camión
sus hijos la imitaron y dejaron sus zapatos de mercancías alteraba el sueño de los dos
tirados, para perseguir a su madre que hermanos y la luz cegadora de los faros
saltaba de la alegría, recordando sus ju- encandilaba los delicados ojos de Dolores.
ventud alegre y descuidada, mientras pen-
saba que sus hijos se merecían disfrutar. La lluvia seguía cayendo cada vez con más
Después de corretear durante un tiempo, fuerza e intensidad. De fondo se oía el
se tiraron a la hierba bajo el sol, el viento sonido del limpiaparabrisas del gran camión
les levantaba el pelo como una suave brisa que había parado junto a ellos. El camionero
sobre la que planean las gaviotas del se bajó del camión y se acercó con una
mediterráneo… la imaginación les hacía linterna hacia el coche. El hombre estaba
viajar por lugares que no habían visto, el
dulce olor del campo les transportaba como completamente empapado y mientras frun-
almas ingenuas. La ingenuidad de la situa- cía el ceño daba unos golpecitos en el
ción hace reflexionar a Dolores, que pare- cristal. Dolores abrió la puerta del coche
cía drogada por su instinto que no sabía y se quedó mirándole sobresaltada, sus
hasta donde la llevaría. dos hijos anonadados respiraban de forma
El sol comienza a caer casi sin que- temblorosa, mientras una mano de su madre
rerlo tras ellos, que con andares descui- les hacía señas para que se tranquilizasen.
dados buscaban sus zapatos tirados lejos
de donde estaban. Tanto habían corrido El camionero al fin habló con voz ronca:
que no veían el coche, volviendo tras sus -Señora, ¿Necesita ayuda, necesita
pasos comenzaron a ver otra vez, la reali- que la lleven? –Preguntó preocupado.
dad, como quien no quiere ver donde vive, Tras unos segundos Dolores contestó.
o quién es en realidad. Los zapatos no -Nos quedamos sin coche a mitad de
andaban lejos, más bien no se habían mo- la noche -Respondió Dolores con voz en-
vido.
Con aire desilusionado y de sueño los trecortada.
dos hermanos se echaron la última carrera -¿La llevo? – insistió el camionero.
hacia el coche, Dolores les seguía con aire -Sí, por favor, adonde usted vaya.
melancólico y descuidado. Una vez en el Contestó Dolores sin buscarle más sentido
coche se taparon con las mantas y mientras a la respuesta.
anochecía, Dolores les contaba un cuento Finalmente abandonaron el coche y
de hadas a sus dos hijos que caían rendidos subieron al camión, aquel hombre tan sim-
lentamente por el sueño. pático les ayudó.
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