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Los Mejores Cuentos
No se asombre, sargento
by/por: Eraclio Zepeda
E
sto jué entrando la nochecita; serían por firma del sueño yo no podía ni cabecear viendo viejo estaba como si le hubieran metido un
ahi de las seis de la tarde, porque ya los aquellos recuerdos que se me metían por todos balazo; hablaba nomás por hablar; pa que no
zanates se dejaban caer como puñados de lados como avisándome que ya eran los últimos dijeran que era llorón. Pero en su soledá el po-
frijol sobre el zacatal. Yo tenía como dos diyas momentos que pasábamos juntos; algunos de bre se había quedado como uno de esos palos
de no dormir, esperando que en cualquier mo- esos recuerdos me hacían chillar de tristeza y huecos al que las hormigas le han robado toda
mento el viento cambiara de camino y se llevara hasta puéque también de alegría, y esos eran la interioridá. Yo era ansina de chamaquito, pero
al ánima de mi tata que ya se andaba queriendo los que se me encajaban en el corazón; pero también estaba que no podía decir nada de la
morir desde dos semanas antes. No se sabe otros me rechinaban los dientes de coraje y se pena que me andaba pegando. Y quién sabe
qué es lo que tenía; el dotor nomás meneaba me acomodaban en los camotes; otros se me por qué, pero la tristeza del tata era lo que más
la cabeza de un lado pal otro, igualito que un clavaban por debajo y yo me sonreía de conten- me dejaba rompida el alma. Y yo, pishpilinito
gavilán cuando anda buscándole el ruido a los to porque es que me había acordado de alguna como estaba, me hice la obligación de cuidar
conejos: nomás eso hacía, digo, y no declaraba mujer; pero otros de plano me hacían carcajiar al viejo, de ya no dejarlo solo, de que siempre
qué es lo que le había caido al tata quebrándole y era que se me metían por los sobacos porque me sintiera cerca del ruido de sus espuelas.
el cuerpo con aquellos calenturones como de yo sentía que me cosquilleaban de al tiro. Así Pero apenas acabamos de rezarle su novena a
terciana. Que si era esto, que si era aquello, y no me pasaba aquellas noches: pensando y repen- mi nana, ya cuanto hay me había olvidado del
sé cuántos decíres más. La verdá es que desde sando recuerdos que me salían de quién sabe pensamiento, y ya andaba otra vez trotando con
que le echó la primera revisada yo me quedé dónde, y yo los jugueteaba y aluego los volvía a toda la chamacada buscando nidos de pajaritos.
con la seguridad de que aquel dotor nomás surdir en la oscuridá, pa volverlos a sacar al rato Y el viejo solo en su soledá.
andaba dándole vueltas al bramadero sin saber como si juera uno de esos güeyes que nomás Y ahora que el viejo se andaba muriendo me
en donde meter el ñudo. se la pasan eructando la comida pa volverla a crecía la carga de conciencia, y también me mal-
El tata era hombre macizo, cuerudo como masticar. Y en medio de todas esas revolcad- decía por no haber sabido acompañarlo. Pero ya
decimos; pero de pronto, cuando vino a ver, se eras en el catre, lo que más me calaba era que pa qué. Eso es lo que pensaba: ahora ya pa qué.
le empezaron a poner los ojos turbios, ya no en toda la vida no había sabido gozar de la Ansina fueron pasando los diyas, cada vez me
aguantaba la boca, y ya no se pudo levantar del cercanía del tata; nomás muy de vez en cuando convencía más de que el viejo no tenía remedio.
catre; ansina empezó la cosa: después pujaba me le acercaba; pero casi siempre me la pasaba La enjermedá se lo estaba chupando. Ya no era
y echaba maldiciones porque se quería parar viéndolo de lejecitos como si sólo juera un ni su sombra lo que ahora se revolcaba bajo
pa meter el hombro en las tareas, pero ya las conocido. La verdá es que él y yo habíamos viv- las chamarras del catre. Que me maldigan los
juerzas no le daban cabalidá. A yo me entraba ido en una vencindá nomás, pero no muy plati- santos si hice pecado, pero casi quería que ya se
un pálpito por los dedos cada vez que entraba camos de cosas de verdá. Y todo por mi culpa. me muriera porque a las claras veía que estaba
al cuarto y le pasaba las manos por aquella cara Primero jue porque a las horas de juntarse yo sufriendo más de la cuenta. Él, que siempre
que parecía piedra de rescoldo por lo caliente. prefería pelarme al monte a buscar animalitos había sido como un muchacho por su fortaleza,
Y él nomás me quedaba viendo y buscaba la pa matar; aluego porque me tenía que esconder debe de haber estado con el desconsuelo
manera de reírse conmigo, y yo también le de sus ojos pa echarme el pinche cigarrito. Y pudriéndole la agonía de ver que ya no le
contestaba de la misma inteción, pero por den- más en después, porque prefería cambalachear quedaban esperanzas. Al menos eso era lo que
tro sentía que me quebraban el chacho y me sus pláticas por las bebederas con los amigos yo me figuraba. El tata se iba quedando con
cundía por todo el cuerpo una retumbadera de o por seguirle el paso a alguna hembra. Ansina el puro pellejo untado sobre el esqueleto, y yo
hipos que parecía que ya mérito me iba a poner siempre, por cualquier babosada, yo me le nomás lo veía y la tristeza me cundía de plano.
a chillar. Sólo por no darle un disgusto al viejo pelaba al viejo y casi no lo había oído platicar Un día amaneció sin calentura y yo me
jue que no se me pusieron de cristal los ojos de todo lo que él sabía. Sólo muy de cuando en empecé a alegrar y a pensar que a lo mejor
con la lloradera. Pero apenitas salía del cuarto cuando, en los campamentos, cuando a juerzas se salvaba. Pero cuando el dotor llegó me dijo
me iba pal corral y allá me hacía guaje hasta tenía que estar con él, es que me hablaba de que eso era lo pior. Que cuando la quemazón
que me pasaba el sentimiento. lo que tenía guardado pa contármelo a mí, se acaba es que ya la vida se dio por vencida,
Yo, desde que cayó enjermo, sabía que ya se de lo que sabía, de lo que había visto o de lo y ya no quiere seguir pataleando. Y ansina jue
le había pelado la fortaleza y que no era más que le había tocado hacer. Y yo me ponía más realmente.
que una cañita seca de milpa. Supe que el tata contento que una ceiba llena de pericos de oirle Ese día cayó un gran aguacero que duró
no tenía pa cuando sanar; y lo más seguro era todas aquellas cosas. Y cuando regresábamos desde que tempraneó la mañana hasta que se
que ya no volviera a caminar más nunca. En las pa la casa yo les presumía a los compañeros de contó el ganadito. Toda la jornada jue un solo
noches me jalaba los pelos y me mordía la boca lo que había aprendido y me hacía el compro- lloviznar, y macizo, como aquellos aguaceros
pa no pegar de gritos, porque yo sabía que no miso de ya no separarme del viejo pa seguir que ya no se ven seguido. A mí eso me tenía
quedaba otra cosa sino irle a buscar su lugarcito oyéndolo. Pero a los pocos diyas ya andaba por encabritado porque mi nana se murió en día de
pa enterrarlo, porque era seguro que se me ahi haciéndome el amalditado buscando mis llovizna, y ella decía que la nana grande tam-
moría. Palabra que sentía un miedo como el cosas lejos de su autoridá. Total y cuenta que bién se había pelado en medio de un temporal.
que dan las cuevas de Cerro Hueco cuando uno ahora que el viejo se me andaba muriendo yo Son esas señas que no fallan.
las mira de chamaco; esa misma calazón que da sentía un coraje de todos los diablos contra mí Como decía al principio, serían las seis de la
la soledá y la negrura era la que me tenía gol- solito por no haber oido sus palabras que tanta tarde cuando el dotor salió con una cara larga
peado en aquellos diyas de la gravedá del viejo. falta me hacían ahora. Me daba cuenta que no como un tecomate, y todo pálido.
De la misma formalidá que si él me estuviera había aprendido nada del viejo; que sólo de a —Quién sabe si hice mal —me dijo—, pero su
contando cosas de en antes, yo veía un montón por jueras lo conocía bien; pero de su carne no papá me preguntó que si tenía remedio y yo
de sucedidos que me pasaban por la cara, y había agarrado nada por mi culpa. ¡Uno no sabe lo vi tan macho y tan seguro que no lo quise
eran cosas que habíamos visto juntos el viejo y qué tal es la tierra hasta que la vende! engañar y le hice ver que estaba grave y que se
yo. Ansina eran todas las noches: de la cruz a la Me acuerdo cuando se murió mi nana: el iba a morir. Así se lo dije.
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